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19 octubre 2016

El bosque más frondoso

Twist and shot

Listen while you look…

Una vez viajó a Suecia. Y le fascinó todo. La capital, llena de vida pero sin tumultos ni grandes ruidos, nada que ver con Madrid; sus habitantes, civilizados hasta un punto que ella nunca habría imaginado que se podría ser, sus aeropuertos, que parecían ser estancias tranquilas y acogedoras y no lugares de paso. Pero lo que más le gustó, sin duda, fueron sus bosques. Los bosques suecos eran alucinantes. Los descubrió desde la ventanilla de un autocar, de camino al norte, al pequeño pueblo en el que iba a quedarse cuatro días para asistir a un congreso organizado por la multinacional para la que trabajaba.

El hotel en el que se instaló era tan coqueto como el pueblito en cuestión. Nórdico, confortable, con madera por todas partes y pequeñas tiendas locales, nada de esas horribles franquicias que estamos acostumbrados a encontrar en nuestras calles. Desde la ventana de su habitación se veía el cementerio del pueblo y, extrañamente, contemplarlo le produjo una oleada de paz inmediata. De hecho en su primer paseo, la misma tarde de su llegada, se dio una vuelta por él. Lo cercaba un muro bajo desde donde se veían las lápidas. Antiquísimas, parecían, con grandes cruces de piedra oscura y rodeadas de hierba alta, de un verde intenso; y daba la sensación, así se lo pareció a ella, de que las personas que las ocupaban habían tenido vidas felices y de que realmente ahora descansaban en paz.

Volvió al hotel y se preparó para el trabajo duro. Compartió jornadas de reuniones y ponencias con italianos, franceses, alemanes y suecos. Estos últimos eran los que más llamaron su atención, por lo diferentes que le parecían respecto al resto de europeos del grupo o quizá porque hasta entonces no había conocido a ninguno.

Intimó con uno de ellos, Peter, se llamaba. Trabajaba en la central de Estocolmo, pero su familia era de aquella zona. La última tarde, después de que el congreso terminara con un bufet frío regado con vino caliente y de que sus asistentes se despidieran con efusivos abrazos y promesas de volver a verse, Peter la invitó a conocer más a fondo el bosque.

Los días eran larguísimos en el norte de Suecia en esa época del año, por lo que a pesar de ser más de las 8 aún era de día. Fue impactante y algo mágico descubrir cómo sin embargo al internarse en el bosque pareciera que la noche los atrapara en él. Se debía a la frondosidad de sus árboles, altísimos, inmensos, que no dejaban pasar ni un haz de luz. Peter la cogió de la mano y le contó leyendas populares, como la de la sirena que vivía en un lago cercano y que hacía agitar el agua con la fuerza de la tormenta cuando se sentía sola y se cansaba de esperar; o la de la primera mujer pelirroja, hija del amor entre un leñador del norte y el sol.

Se sentaron en el suelo y apoyaron sus espaldas sobre el tronco de un árbol. Decidieron que ese sería su árbol y que él regresaría a él siempre que pensara en ella y quisiera recordarla. Ella, desde España, sentiría de algún modo que él se encontraba allí. No hizo falta grabar sus nombres sobre el tronco, ambos sabrían reconocerlo en medio de aquel bosque.

Pasó el tiempo y ella muchas veces supo, no le preguntéis cómo, que él estaba junto a su árbol; y sentía entonces una mezcla de felicidad y nostalgia en la que unas veces ganaba la primera y otras la segunda.

Un par de años después dejó de tener la certeza de que él estaba allí y en su lugar se instaló un vacío ensordecedor. Algo había sucedido, estaba segura; lo más probable es que la hubiera olvidado. Ella, sin embargo, no podía dejar de pensar en él. Lo hacía a todas horas, se pasaba el día desconcentrada, no atendía a su trabajo, ni a su familia, ni a sus amigos, sólo pensaba en él y decidió volver a Suecia.

Se alojó en el mismo hotel que entonces y echó una ojeada desde su ventana al viejo cementerio. Esta vez no sintió paz, sino terror. Echó a correr hacia el bosque, cada vez había más y más oscuridad a su alrededor, era como si la espesura quisiera devorarla, pero ella sabía perfectamente adónde se dirigía. Llegó exhausta a su árbol y lo encontró talado. Abrazó su tronco, lo que quedaba de él, lloró como nunca había llorado hasta entonces y no sabe cuántas horas pasó allí, pensando en Peter, el rubio y cálido Peter, a quien nunca más volvería a abrazar, ahora lo sabía.

Foto y ©: Sergey Zolkin


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2 Comentarios

  • 1. Asun  |  20 octubre 2016 - 10:22

    Dulce y tierna narración.Me gusta.Buen día!

  • 2. sandrawriting  |  20 octubre 2016 - 10:30

    Muchas gracias, Asun. ¡Buen día! 🙂

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