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25 agosto 2016

Cerrar los bares

John-Towner

Listen while you look…

Noches infinitas, ventanas abiertas, sábanas a las que las arrugas les sientan bien. Martina no piensa nunca en qué puede pasar, no tiene tiempo ni ganas. Su edad, así como sus experiencias le dan bula para vivir única e intensamente el presente; el pasado queda muy atrás y aunque no le gusta recordarlo sabe que no quiere repetirlo. En cuanto al futuro, no es de nadie, eso también lo sabe.

Lo único que tiene es el aquí y el ahora. Y por eso dijo sí a una noche que se presentaba única y muy loca. Todo estaba a favor: el calor del verano, que a esas horas era acogedor, pero no agobiante; las calles casi vacías de la gran ciudad, el suelo empedrado que invitaba a quitarse las sandalias y a llevarlas en la mano… Y esa moneda brillante que las dos únicas personas que caminaban a esas horas por la avenida vieron e intentaron coger al mismo tiempo. Ninguno de los dos tuvo suerte, sus cabezas chocaron muy levemente al tratar de agarrarla y la moneda terminó cayendo por la alcantarilla sobre la que a duras penas se había mantenido en equilibrio hasta ese momento.

Bueno, no es justo decir que no tuvieron suerte, porque se encontraron. Esa moneda plateada fue la mejor de las excusas para echarse unas risas y para seguir caminando, ahora ya acompañados.

Nadie había previsto nada, ella volvía de una cena en la que había puesto bastantes expectativas que no se habían cumplido, tenía el ánimo un poco desinflado, pero sólo un poco. Él trabajaba en agosto y había salido tarde de la oficina, ese día había tenido una videoconferencia con el otro lado del océano y hubo que esperar a que allí fuera una hora decente, aun a costa de que aquí ya no lo fuera.

La moneda los conectó antes de morir en aquella alcantarilla, fue una moneda de la suerte, no hizo falta fuente a la que tirarla, ella solita hizo su labor y luego desapareció sin hacer ruido.

Ninguno de los dos se acordaba ya de la moneda, así de desagradecidos somos, cuando llegaron al piso de Martina, una buhardilla que estaba muy cerca de allí. Antes habían cerrado el último bar del barrio. Antonio les había dejado entrar a tomarse unos vinos mientras él terminaba de recoger; es lo bueno de seguir viviendo en la misma zona de siempre.

No vamos a dar detalles de cómo fueron las cosas entre ellos, sólo diremos que certificaron que las mejores noches son las que no se planean. Las risas sólo pararon de oírse cuando cayeron dormidos como troncos. Ni los fuegos artificiales propios de las noches de verano habrían logrado despertarlos de aquel sueño tan profundo. De hecho ella no lo hizo, despertarse, hasta el amanecer, cuando la brisa fresca que entraba por la ventana, abierta de par en par, le indicó que era hora de echarse una sábana por encima. O hasta una colcha.

Antes de abrir los ojos palpó el lado izquierdo de la cama esperando encontrarle. Al no hacerlo abrió los ojos, que le confirmaron que, efectivamente, no estaba allí.

Se tapó hasta el cuello, después escondió su cabeza bajo la almohada y pensó una vez más que sólo tenemos el presente y que el suyo ahora era de nuevo la soledad. Lo de hace apenas unos minutos, unas horas, pertenecía ya al pasado y por lo tanto no existía. El futuro seguía estando en blanco. Justo entonces sonó el timbre de la puerta y salió corriendo a abrir.

Foto y ©: John Towner


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6 Comentarios

  • 1. isa  |  26 agosto 2016 - 09:18

    Que fascinante!!! Quien llama al tiembre??? Sigue la historia….

  • 2. sandrawriting  |  30 agosto 2016 - 11:38

    ¡Gracias, Isa! El resto de la historia, por ahora, la dejo a la imaginación del lector 🙂

  • 3. Elena  |  26 agosto 2016 - 22:20

    Escribe un libro!!!

  • 4. sandrawriting  |  30 agosto 2016 - 11:39

    ¡Acabo de hacerlo y de publicarlo! Aquí te dejo info sobre él 😉 http://edicioneshidroavion.com/product/preferiblemente-vivas/

  • 5. Mae West Granada  |  29 agosto 2016 - 10:43

    Buenisimo

  • 6. sandrawriting  |  30 agosto 2016 - 11:39

    ¡Muchas gracias! 🙂

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