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2 agosto 2016

Lo imprevisto

Clem-Onojeghuo

Listen while you look…

Me gustan esas historias que sabes cómo empiezan pero no cómo terminan. Saltar al vacío y ver qué pasa. Es arriesgado, pero en el camino te llevas un subidón de emociones impagable.

Berta no es como yo, ella es una chica seria y juiciosa. Le gusta tener las cosas bajo control, no llevarse sustos, dirigir su vida y conocer de antemano el destino al que se dirige, no perderlo nunca de vista.

A ella, como a la mayoría de las personas, la seguridad le proporciona felicidad, ambas cosas van unidas, de la mano. La estabilidad emocional la protege y le hace sentir muy bien. ¿Para qué querrá salir la gente de su zona de confort, con lo que cuesta llegar a ella?, piensa a veces.

Este verano comenzaba sus vacaciones a finales de julio. Por supuesto, todo estaba planeado al milímetro. Viaje en coche al norte, parada a medio camino en Burgos para conocer la ciudad y disfrutar de la sensación de taparse con mantita por las noches, y seguir conduciendo hasta el Cantábrico, donde pasar unos días en un hotel que acababa de abrir, de cara al mar.

Todo salió mal. En Burgos hacía calor. El viento de África había llegado hasta la ciudad y era noticia en los medios locales, nunca que se recordara se habían alcanzado temperaturas tan altas. Tras una noche sin manta y con luna Berta siguió su viaje y antes de llegar a Santander su coche dijo hasta aquí. Viajaba sola, la zona no tenía cobertura y sólo pudo contar con que algún otro conductor decidiera parar en plena autovía para echarle una mano. Uno lo hizo. Sabía de mecánica, pero no tanto como para arreglar su motor allí mismo.

Contrariamente a lo que hubiera hecho en circunstancias normales Berta subió al coche de él y se dejó llevar hasta su pueblito, dos desvíos más adelante. Allí acudieron a un pequeño taller que enviaría una grúa a buscar su vehículo abandonado a su suerte y lo repararía, aunque tardaría días en estar listo.

Berta estaba nerviosa, las cosas no iban según su plan. No hubo vacaciones frente a la playa, no hubo paseos bucólicos ni atardeceres rojos, no hubo lecturas a solas ni rumor de olas, ni brisa marina.

Sí hubo a cambio una casa rural en pleno campo, el trino de los pájaros por la mañana, el verde esplendoroso de la dehesa rodeándola por la tarde, el naranja absoluto al finalizar el día, antes de llegar el negro de la noche, con tantas estrellas como nunca habría podido imaginar contemplar. La pureza de la naturaleza la embriagó por completo, así como su nueva compañía. Y Berta por primera vez en su vida se dejó embriagar.

Ahora no sabía cuándo volvería a Madrid. Tampoco quería pararse a pensarlo. Sólo tenía claro que en realidad nada salió mal. Simplemente todo sucedió de forma diferente a lo previsto. Y resultó ser muchísimo mejor.

Foto y ©: Clem Onojeghuo


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