Twist and shot » Rickman

11 abril 2016

Rickman

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Listen while you look…

Rickman llegó a su vida hace sólo unos meses, justo el día en que su actor favorito falleció, un inglés impecable, de porte noble y personalidad poderosa y contenida, atractivo a más no poder, a pesar de no haber entrado nunca en la lista de los hombres más guapos del Reino Unido ni de ningún otro sitio.

Por él le puso a su perro el nombre, Rickman. Pensó que le iba bastante bien a aquel pastor alemán alegre y afable, pero que se sabía inteligente y por eso tenía un punto orgulloso que también le hacía arrebatador.

El perro se hizo de la noche a la mañana compañero inseparable. En pocos días Marta no alcanzaba a comprender cómo había podido vivir hasta entonces sin él. Rickman era un perro guardián en toda regla, la quería, le demostraba su amor constantemente, sin pedirle nada a cambio, aunque recibía tanto cariño como daba, la cuidaba y, por encima de todo, la protegía. El instinto de protección de los pastores alemanes debe de ser inversamente proporcional a la necesidad de sentirse protegida de la protagonista de esta historia.

Ella, psicóloga clinica y gran consejera, no era capaz de darse un buen consejo a sí misma. Fallaba constantemente y lo sabía. Hablaba con sus amigas de sus problemas sentimentales, debido a su profesión, todas le consultaban, y mientras ellas volvían a casa aliviadas nuestra chica regresaba a la suya un poco más vacía por dentro. Al dar aquellos consejos a los demás sentía que se quedaba sin ninguno que le valiera a sí misma. Y los buenos consejos no se reponen, cuando los entregas sencillamente se despiden y se van.

Ella solía pasear a solas por la ciudad cuando salía de su consulta, pensaba que así podía despejar su mente de los problemas que había escuchado y ayudado a solucionar ese día y dejar espacio al aire fresco, a la claridad, a la luz. A veces funcionaba, pero no siempre y la mayoría de las veces seguía sintiéndose confusa al llegar a casa y cerrar la puerta con llave tras ella.

Entonces llegó Rickman. Y sin proponérselo, le hizo saber que su problema había sido ni más ni menos que la soledad. Lo dijo Osho, “la soledad no es aquello que pasa cuando estás solo, sino lo que sucede cuando no eres capaz de estar contigo mismo”. De ahí venía la desazón de Marta, de sentir esa soledad y de no ser capaz de reconocerla para poder ponerla remedio.

En los tres meses que Rickman y ella llevan juntos, desde el 14 de enero, todo ha cambiado. De forma maravillosa y radical. Ahora abandona la consulta sin llevarse el sufrimiento de sus pacientes con ella. Los deja allí, repartidos entre sus papeles perfectamente alineados y el ordenador que cada vez con más frecuencia se atasca al arrancar. Alguna de sus conocidas se ha enfadado con ella porque le ha pedido que deje de utilizarla como consejera matrimonial y no como amiga. Pero le da igual. Ya se le pasará. O no, no tiene que preocuparse por ello, no tiene que empatizar con todo el mundo hasta el punto de no dejar de sufrir.

Camina a toda prisa por la calle al anochecer para llegar a casa y encontrarse con Rickman. Juntos salen a pasear sabiéndose acompañados, estando a gusto la una con el otro y el otro con la una. No se cuestionan nada, no hay malos entendidos, sólo cariño y una amistad fiel y leal.

Esta noche, cuando paseaba con su perro y todo era oscuridad, Marta se ha dado cuenta de que su vida era más luminosa que antes, más de lo que lo había sido nunca. Rickman la protegía y ahora, aunque fuera noche cerrada, a ella siempre le acompañaba la luz.

Foto y ©: Matthew Wiebe


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