Twist and shot » Al otro lado de la lluvia

20 enero 2016

Al otro lado de la lluvia

Milada-Vigerova


Listen while you look…

¿En qué te inspiras para escribir? Y no se lo creen cuando contesto que me pongo delante de la plantilla de wordpress y empiezo a teclear sin ninguna idea preconcebida. Me dejo llevar y a ver qué pasa.

Suele funcionar, pero esos momentos de “folio en blanco” son bastante inquietantes, porque no sabes nada de lo que viene a continuación, es un salto al vacío, un asomarse a un precipicio, un caminar por el alambre sin estar segura de si debajo hay red o sólo los adoquines de una calle cualquiera del centro de la ciudad.

Precisamente en una calle cualquiera del centro de la ciudad Inma se dio de bruces con su destino. Esto va así, por sorpresa. Llovía. Y era ese tipo de lluvia que molesta tanto, porque parece que es un simple chirimiri y sales sin paraguas pero cuando te quieres dar cuenta te ha calado hasta los huesos. El día era gris, a pesar de que como cada mañana Inma había practicado un poco de yoga y había saludado al sol. Éste, impasible, no se había dignado a devolverle el saludo. Qué le vamos a hacer.

Caminando a paso ligero por la calle de la que hablábamos a Inma le llamó la atención un escaparate. Mostraba maniquíes. De todo tipo. Blancos, de color, femeninos, masculinos, andróginos, escuálidos y de tallas contundentes. Y le pareció reconocer a uno de ellos. Sí. Era el mismo maniquí del que se enamoró años atrás, cuando lo vio en un anuncio de la televisión.

Desde el otro lado de la pantalla sus ojos parecían dirigirse únicamente a ella, la niña que merendaba frente a la tele esperando su aparición estelar. Le fascinaban sus rasgos, delicados y viriles a la vez, su silueta tan esbelta, su mirada insondable.

De noche la pequeña Inma soñaba con el maniquí. Al menos lo intentaba. Pensaba intensamente en él antes de cerrar los ojos para que hubiera más probabilidades de que se le apareciera en sueños. Y a veces lo hacía.

Entonces siempre cobraba vida. Y los dos paseaban de la mano y se miraban sin palabras, porque el maniquí de sus sueños nunca tuvo voz. No la necesitaba. Era mucho más bonito mantener una comunicación a través de otros sentidos. La vista y el tacto eran sus favoritos, los de los dos. Tan intensos a medida que avanzaban la noche y los sueños.

Pasados unos meses el anuncio en el que salía el maniquí desapareció de la tele, nunca más se volvió a emitir. Y después de un tiempo, poco a poco, casi sin darse cuenta, Inma también dejó de encontrale en sus sueños.

Pero por algún motivo, ahora, muchos años después, estaba ahí, ante ella. Inma sintió un escalofrío, se acercó al escaparate y puso su mano sobre el cristal, mojado por la lluvia. En ese instante se dio cuenta de que siempre, cuando veía llover desde casa, algo que le encantaba, se pegaba al cristal y posaba su mano sobre él sin saber por qué, como esperando encontrar algo al otro lado de la fría ventana, al otro lado de la lluvia.

Supo qué era lo que había estado buscando todos esos años cuando vio cómo al otro lado del escaparate una mano, la de su maniquí, se posaba también en el cristal.

Foto y ©: Milada Vigerova


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