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18 diciembre 2015

De conciertos y venenos

leonardo-samrani

Listen while you look…

Vivía en un quinto con ascensor de un viejo edificio del también viejo Madrid. Su casa abuhardillada, que aunaba en una misma habitación cocina, salón y dormitorio, era el sitio perfecto para sentirse a salvo. Allí nada malo podía pasar, era la definición en 3D del adjetivo “acogedor”.

Sus amigos, numerosos y divertidos, adoraban visitarla y ella organizaba fiestas cada dos por tres inventando cualquier acontecimiento loco que sin duda era preciso celebrar.

En aquella buhardilla se cocinaba, se charlaba, se comía y se bebía, se escuchaba música a todo trapo o muy bajito, se bailaba sin cortapisas, se respiraba aire fresco aun cuando el humo de tabaco lo invadiera todo; en aquella buhardilla se vivía.

Muchas de esas reuniones eran el fin de fiesta de algún concierto al que todos habían asistido esa noche. A ella no había nada que le gustara más que la música; y la música en directo era un goce total, un fundirse en cada nota, dejar que los acordes entraran por los poros de la piel hasta la cocina, abrirse por entero, dejarse inundar. Si sabes de lo que hablo tú también tienes clavado bien dentro el aguijón. Un veneno magnífico para el que además no hay antídoto.

Perder la noción del tiempo, no saber dónde estás exactamente, sentir que por tus venas corre electricidad en vez de sangre, esos son algunos de los síntomas.

Ella sabía que tenía esa fabulosa infección, estaba enferma de música y se sentía afortunada por ello. Lo era. Bailaba en cada uno de los conciertos a los que asistía con sus amigos sin controlarse lo más mínimo. Era su momento, en el que dar rienda suelta a su fiebre; aquello la liberaba de todo mal y la dejaba como nueva, con un cansancio lleno de energía, valga la paradoja. Como cuando sales del gimnasio al que no querías entrar, muerta físicamente y sin embargo mental y anímicamente a tope.

A la salida de uno de esos conciertos, cuando todavía estaba devorada por las canciones que acababa de escuchar y de sentir, cruzó la calle sin reparar en que el semáforo estaba en rojo para los peatones. Un coche la embistió y le destrozó la pierna izquierda.

De los días en el hospital, que fueron muchos y largos, con varias operaciones incluidas, no guarda demasiados recuerdos. Sabe que tuvo visitas, que no sentía apenas nada, que sólo quería cerrar los ojos y fundirse en negro.

La vuelta a casa no fue mucho mejor. Dejaba pasar las horas, una detrás de otra, y se le hacían eternas, quería que corrieran más deprisa, para que el día acabara y pudiera volver a dormir. Su familia se volcó con ella. Sus amigos también. Uno de ellos se empeñó en visitarla a diario y no se iba de su casa hasta que conseguía sacarle al menos una sonrisa. Ella nunca se había parado a pensar mucho en él y le sorprendió que se interesara tanto por ella. No sabía que en cada concierto al que iban, mientras ella miraba poseída hacia el escenario él sólo la miraba a ella. Le fascinaba su forma de sentir la música, su manera de moverse, su inagotable e infinita pasión. Estaba loco por ella.

Con el paso del tiempo sus visitas fueron alargándose más y más. Y a ella le parecía que las manillas del reloj empezaban a girar cada vez más rápido, demasiado rápido. Tan a gusto iba sintiéndose al lado de él que no quería que llegara la hora en que se fuera, aunque sabía que al día siguiente volvería a estar allí.

Justo al cumplirse un año del accidente vio desde la ventana cómo pegaban unos carteles en el muro de ladrillo del edificio de enfrente anunciando el concierto de una de sus bandas favoritas. La tristeza volvió a aparecer en su rostro, aunque trataba de disimularla todo lo que podía.

El día del concierto su chico fue a recogerla por sorpresa. Todo estaba organizado. Tenía dos entradas generales e iban a asistir. Se mezclarían con la gente; y bailarían y cantarían y se volverían locos una vez más, en esta ocasión juntos. Ella empezó a llorar, no sabía cómo iba a ser posible todo eso; pero él era un tipo fuerte y la tuvo en hombros las dos horas y media que duró la música, que duró la magia. El veneno volvía a mostrar sus síntomas y ella volvía a reconocerse. Gracias a la música y sobre todo gracias a él, volvía a ser la que era. Un año después.

Foto y ©: Leonardo Samrani


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