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9 diciembre 2014

El surfista confiado y la chica perdida

morguefileLA

Listen while you look…

Se acercaba la Navidad y estaba sola. Hasta ahora nunca le había importado que coincidieran esas dos circunstancias, pero este año sí y eso le perturbaba. Empezaba a no poder soportarlo y lo peor es que sabía por qué. Hay algo peor que tener la sensación de que te falta algo y no saber lo que es; y es saberlo.

La presión cada vez era más fuerte. Como en esas películas en las que las paredes se van acercando unas a otras y el protagonista no tiene forma de salir de la habitación. Algo así.

Comenzaron las cenas prenavideñas, con los compañeros de trabajo, con las amigas. La iluminación estridente y carente de sentido más allá del puramente comercial. La decoración de pésimo gusto con la que su madre se empeñaba en invadir su casa año tras año. Los anuncios de la televisión, a su juicio propios de otra época, ya pasada. Y lo peor de todo, las redes sociales ardiendo. Gente compartiendo sin rubor su vida cotidiana, dando todo tipo de detalles, siempre muchos más de los que tú querrías conocer, sobre sus idas y venidas. Todo le sonaba falso, sintético, vulgar, pero también podría ser simplemente que ella estaba sola.

Le gustaba mucho caminar y callejar por el centro de su ciudad. Eso, con lo que tenía encima, no le parecía ahora mismo el mejor de los planes. Demasiadas luces, demasiada música hortera, demasiada gente por todas partes. Así que decidió variar su ruta cada tarde del trabajo a casa. Daba una vuelta enorme, pero le sentaba bien sentir el frío de diciembre directamente en la cara. En una esquina descubrió una tienda muy pequeñita de material deportivo. No tenía ninguna decoración navideña, qué maravilla. Y tampoco parecía que tuviera mucho sentido que estuviera allí, en pleno Madrid, cuando estaba especializada en artículos de surf.

Desde que encontró esa tienda no podía evitar pararse a contemplar su escaparate: neoprenos, parafina, relojes de mareas, preciosas tablas de diferentes colores y tamaños. Ella no entendía nada, jamás había practicado ese deporte, pero aquel escaparate le fascinaba.

Una tarde especialmente fría, mientras miraba las tablas, de repente un recuerdo olvidado, valga el oxímoron, acudió a su mente como un flash. Y recordó a un viejo amigo al que le encantaba el surf. Él solía hablarle de la libertad que le proporcionaban las olas, única, total. Y de cómo salía del agua siempre con una sensación de plenitud fabulosa. Junto a él ella siempre se sintió bien, quizá le transmitía todas esas sensaciones sin necesidad si quiera de meter un pie en el mar.

Ese amigo también detestaba la Navidad, como todos tendría sus razones; y cada año evitaba cualquier tipo de compromiso viajando hacia el mar con su tabla como única compañía. De esto hacía muchos años, claro. ¿Seguiría teniendo la misma costumbre? Estaba tan perdida que decidió comprobarlo. Entró a la tienda, le vendieron una tabla para principiantes y el equipo básico. Tan novata era que no sabía que podría alquilarlo todo en la playa. Salió cargadísima e ilusionada y se preparó para salir de viaje en cuanto cogiera su semana de vacaciones. El día llegó, metió sus bártulos playeros en el coche; colocar la tabla en la baca fue todo un reto, parecía una señal para que se echara atrás, pues no tenía ayuda y nevaba de lo lindo. Pero ella iba camino del buen tiempo, camino del sur.

Al pasar con el coche por la calle de su tienda favorita vio que ésta había desaparecido, en su lugar había otra de artículos de fiesta: disfraces, petardos, guirnaldas, Santa Claus gigantes… Todo de lo que ella huía. Por algún motivo inexplicable este hecho no le resultó extraño, subió el volumen de la música y pisó el acelerador.

Siempre le había encantado conducir por carreteras largas y solitarias. Le gustaba pensar que la llevaban a lugares mejores. Llegó a su destino a primera hora de la mañana y desde un acantilado le vio. El único surfista de la playa, a punto de entrar en el agua, de hacese uno con el mar. Salió del coche y apoyada en el maletero le observó detenidamente. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que se vieron, pero parecía tan tranquilo y tan seguro de sí mismo como entonces. No sabía en qué punto estaría su vida, pero quizá se acordara de ella y quisiera enseñarle a surfear. O quizá no… O quizá sí.


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6 Comentarios

  • 1. Cris  |  9 diciembre 2014 - 14:19

    Me encanta! 🙂 Me siento muy identificada! Sobre todo con esas ganas de huir y hacer cosas que nunca has hecho! Aprender a surfear es una de ellas! 😉

    Un abrazo!

    http://www.vivesimpleriemas.wordpress.com

  • 2. sandrawriting  |  9 diciembre 2014 - 15:33

    ¡Cris, muchas gracias! Y que no nos cansemos nunca de hacer cosas que nunca hemos hecho. ¡Otro abrazo! ; )

  • 3. Aran  |  11 diciembre 2014 - 10:49

    Me ha gustado mucho; me he dejado llevar….lejos..

    >Gracias y un saludo

  • 4. sandrawriting  |  11 diciembre 2014 - 13:42

    Muchas gracias a ti, Aran. Dejarse llevar lejos suena genial, saludos de vuelta : )

  • 5. Mely  |  12 diciembre 2014 - 21:02

    Un articulo muy bueno. Son semtimientos contradictorios, la navidad te obliga a ser feliz, pero si la felicidad no esta en tu interior…
    http://mujeresconarte.com/blog/me-encanta-mi-nueva-vida/

  • 6. sandrawriting  |  16 diciembre 2014 - 11:35

    Gracias, Mely. Así es… : )

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