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22 mayo 2013

Ventanas abiertas

ventana

Listen while you look…

Llegar a casa, darse una ducha, deshacer la maleta y empezar una nueva vida. Eso es todo lo que deseaba y todo en lo que podía pensar Berta mientras volaba desde Londres a Madrid. Sus últimas semanas en la City habían sido una locura. Literalmente.

Había llegado dos meses atrás junto a dos amigas a pasar unas minivacaciones: patearse la ciudad, visitar los principales museos, malcomer, descubrir los locales de moda… todo eso que se hace en Londres, ese era el plan inicial. Pero el azar, habrá quien lo llame destino, tenía otro.

La mañana que visitaron la National Gallery Berta hizo un feliz descubrimiento: allí se encontraba su cuadro preferido desde niña, aquel que había admirado en los libros de arte una y otra vez, atraída por un inexplicable magnetismo. Se trataba de El matrimonio Arnolfini, del pintor flamenco Jan Van Eyck. Representa a una pareja recién casada y la obra está llena de simbolismos y de detalles magníficos. Mientras para sus amigas fue un cuadro más, que observaron unos segundos y dejaron atrás, para Berta supuso un choque emocional intensísimo. Tanto, que se separó de sus acompañantes y se sentó en un banco frente al cuadro hasta que un vigilante le anunció que había llegado la hora del cierre.

Esa noche no pudo dormir. Y al día siguiente decidió volver con los Arnolfini. Sus amigas no entendían nada, pero la dejaron hacer mientras emprendían el camino hacia la Torre de Londres. De nuevo frente a “su” cuadro, Berta tomó una decisión: se quedaría en la ciudad el tiempo que fuera necesario hasta que comprendiera el sentido hipnótico que aquella obra ejercía sobre ella.

Consiguió un trabajo nocturno en un 7 Eleven para costearse el bed and breakfast y cada mañana, después de dormir unas horas, se acercaba a la National Gallery.

Descubrió que el protagonista del cuadro era Giovanni Arnolfini, un mercader italiano adinerado del siglo XV, que se casó con Giovanna Cenami, también procedente de una poderosa familia. Todo en el cuadro reflejaba riqueza, abundancia… y, a juicio de Berta, felicidad.

Después de muchos días observando el cuadro, comprendió por qué le gustaba tanto: mostraba todo lo que ella siempre había querido tener, una pareja con la que compartir los placeres de la vida. Hasta ahora no la había encontrado; tenía una idea clara sobre cómo era el hombre de sus sueños y sus aspiraciones eran tan altas no era fácil que nadie las alcanzara. Giovanni sí parecía cumplir sus condiciones…

Una mañana David, uno de los guías de la National Gallery, se acercó a hablar con ella. Estaba intrigado con aquella chica española que a diario se sentaba a contemplar la obra maestra de Van Eyck. Le preguntó qué le interesaba tanto y ella le respondió que la vida perfecta de la pareja. David no pudo contener las carcajadas, creía que estaba bromeando. Le contó la realidad: los Arnolfini existieron, por supuesto. Pero su vida distaba mucho de ser idílica. Se casaron por conveniencia, fue un acuerdo comercial de ambas familias, como era habitual en su época. Y además Giovanni tuvo numerosas amantes a las que ni siquiera se molestaba en ocultar. De hecho, la pose de Giovanna en el cuadro, con la cabeza agachada, no expresa rubor, sino sumisión al marido. Berta se había montado una historia absolutamente romántica… pero irreal.

Tras unos minutos de incredulidad por parte de Berta, y de risas por parte de David, ella reaccionó. Se dio cuenta de que no sólo esa historia era falsa, sino también de que vivía llena de ideas preconcebidas: ¿Príncipes azules? ¿Vidas perfectas? ¿Dónde estaban los primeros? ¿Quién tenía las segundas?

Le agradeció a David que le hubiera abierto los ojos y se dirigió al aeropuerto. Al aterrizar en Madrid fue directa a su casa, se dio una ducha, deshizo la maleta. Se soltó el pelo, abrió las ventanas de su cuarto y se tumbó en el alféizar, más relajada que nunca, sintiendo por primera vez que se conocía a sí misma. No sólo se había despojado de la mayor parte de su ropa, sino también de todos los prejuicios de su pasado. Estaba tranquila y feliz. Comenzaba de cero.

Foto: Sergio de Luz
Relato: Sandra Sánchez


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9 Comentarios

  • 1. mariona  |  22 mayo 2013 - 10:59

    ¿Príncipes azules? ¿Vidas perfectas? ¿Dónde estaban los primeros? ¿Quién tenía las segundas? Ja, ja, ja… Fantástico relato Sandra.
    A mis 40 añitos sigo siendo una idealista y una romántica, más allá de los príncipes azules y las vidas perfectas creo en la intensidad de los momentos y la capacidad que tenemos para vivirlos y disfrutarlos. Me parece absurda y romántica la decisión de Berta, así es el amor muchas veces.

  • 2. sandrawriting  |  22 mayo 2013 - 13:31

    Creemos en las mismas cosas, Mariona. El idealismo y el romanticismo tienen difícil cura… Mil gracias, ¡un abrazo! 😉

  • 3. marialuisamch  |  22 mayo 2013 - 15:17

    Brillante, me ha encantado… sin duda, esta filosofía de la vida, me llena.

  • 4. sandrawriting  |  23 mayo 2013 - 10:15

    ¡Muchas gracias!Estupendo que sea así… Besos

  • 5. Abogada de Barra  |  22 mayo 2013 - 18:47

    Nada que decir de tan magnifico relato que nos invita a cerrar los ojos, soñar y…convertirnos en Berta.
    No seriamos nadie sin los ideales.La vida no se viviria igual sin su vision romantica.

    http://abogadadbarra.blogspot.com.es/

  • 6. sandrawriting  |  23 mayo 2013 - 10:16

    Estamos de acuerdo, “Abogada”. La vida sin ideales… uf, ni idea de cómo sería, pero mucho menos intensa seguro. ¡Gracias! 🙂

  • 7. Almudena Galán  |  22 mayo 2013 - 22:15

    Que necesario es despojarse de los prejuicios.
    Maravilloso relato .
    Bs

  • 8. sandrawriting  |  23 mayo 2013 - 10:17

    Bye, bye prejuicios. Mil gracias, Almudena. ¡Besos!

  • 9. Cris Marcos  |  24 mayo 2013 - 11:49

    Cautivador y refrescante relató,de la realidad y el idealismo,que llevamos innato las mujeres y que perdure…..ingenuidad y madurez,perfecta combinación.Con una magnífica FOTO…..que da vida y un final aún más mucho más,hermoso.
    Muchas felicidades Sandra y Sergio De Luz…….Un saludo!!!!!!

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