Twist and shot

3 octubre 2017

Perderse para encontrarse

¿Cómo puede alguien huir de todo? Perdón, quizá antes habría que hacerse otra pregunta, ¿se puede huir de todo? Decir hasta luego al mundo conocido, despedirse a la francesa y desaparecer; ¿será posible hacerlo?

Para algunos, los que lo hacen, normalmente no hay nada que decidir, porque no tienen otra opción. Y eso en cierto modo está muy bien, porque pasarse todo el tiempo tomando decisiones es un absoluto horror. Con lo que cuando te encuentras con una carretera de sentido único lo agradeces. Aunque esa dirección te lleve a adentrarte en lo incierto.

Marta pertenece a otro grupo de personas, el que tiene varias opciones, demasiados caminos entre los que elegir, como esas señales con flechas por todas partes unidas a un mismo tronco de madera y que te dicen “Malibú a 9.320 Km”, “Oklahoma a 7.825 Km”, “Sevilla a 390 Km”, “Taipei a 10.976 Km”. Y ella se imagina en el desierto, o en una playa paradisíaca, o haciendo montañismo entre pequeños pueblos habitados por monjes budistas. Marta no se decide por ninguno de esos destinos, pero sabe que el suyo está en alguna parte y que no es en la ciudad endiablada y llena de contaminación en la que vive.

Necesita desprenderse de cosas, de emociones que se han quedado a vivir dentro de ella y no puede desalojar por más que lo intente. Tiene un okupa sentimental concreto, un ser perfecto, bueno, que ella cree que es perfecto, porque lo ha idealizado, eso sí lo sabe. Desde que él le dijo adiós en vez de olvidarle se ha hecho más fuerte en su interior; su presencia, ahora que no está, ha ido creciendo y creciendo en una paradoja extraña de la que Marta querría deshacerse.

Ayer por la noche pensaba en esto mientras trataba de dar esquinazo a su tristeza tuiteando tonterías. Entonces vio el nombre de Tom Petty en la lista de trending topics y se enteró de que el artista había fallecido. Hubo momentos de incertidumbre, porque luego la noticia se desmintió y parecía que Petty estaba grave, pero con vida. Al final de la noche se confirmó que no había superado su problema cardíaco y que lo habíamos perdido.

Esto dejó a Marta en un estado de tristeza diferente a la que tenía unas horas antes, porque la de ahora era activa, mientras que la anterior era pasiva. Buscó entre sus discos Wildflowers y lloró emocionada mientras la canción que da título al álbum rompía el silencio de la noche.

“You belong among the wildflowers
You belong in a boat out at sea
Sail away, kill off the hours
You belong somewhere you feel free.”

Hoy es martes, un día laborable, normal y corriente, pero Marta no ha ido a trabajar. Sencillamente no podía. Ahora está en la costa, mirando el mar embravecido y sintiéndose más libre de lo que lo era ayer. No quiere hacerse preguntas, ni tomar decisiones, ni pensar en nada. Ya sabe que sí, se puede huir de todo y también cómo hacerlo y hacia dónde dirigirse. Ha comprobado, gracias a Tom Petty, a quien le debe tanto, que es cierta aquella frase tan bonita de Clarice Lispector, “perderse también es camino”.

Foto y ©: Blake Lisk


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4 ComentariosEnviado por: Sandra Sánchez

19 septiembre 2017

Calling Elvis

Quiere que vuelva, pero no sabe cómo lo podría lograr. Después de darle vueltas a la cabeza desde que se despierta tempranísimo hasta que cierra los ojos cada noche, a unas horas descabelladas, su cerebro no encuentra salida y no da para más.

Cuando él estaba a su lado se sentía segura. Entonces quizá no fuera consciente de ello, pero ahora sí, su ausencia se hace presente, paradójicamente, de un modo insoportable, como una bofetada continua, como si el aire que la rodea fuera irrespirable y sintiera a cada momento que se ahoga sin remedio.

Es muy triste, ella lo sabe. Sabe que se sentirá así durante un tiempo y que éste no será breve. Confía en que el paso de los días, las semanas, los meses, la cure o al menos en que sea un bálsamo para su herida, la que tiene abierta justo en medio del corazón. Aunque recuerda también la frase de Shakespeare, esa que decía que el tiempo es largo para el que sufre, corto para el que goza y eterno para el que ama. Su padre le inculcó la pasión por la lectura y de aquellos polvos vienen estos lodos; ahora tiene citas literarias para cada ocasión. Acuden a su mente sin que ella las llame. La verdad es que a veces reconfortan. Y la verdad también es que a veces no.

También gracias a su padre descubrió las tiendas de discos. Y no sólo las descubrió, sino que se enamoró de ellas. No cree que haya un lugar mejor al que acudir cuando el alma se resiente. En ellas puedes pasear entre vinilos, acariciar sus cubiertas, respirar el olor único y personal de la música, que lo tiene, claro que lo tiene.

A su padre le gustaba Elvis Presley. Pensaba, como John Lennon, que antes de él no había nada. ¿Qué hacía la gente que nació antes de tiempo cuando necesitaba una canción como Love me Tender y no la encontraba, porque sencillamente no existía? Qué tiempo tan terrible debió de ser aquel.

Los viernes, cuando la recogía del colegio, situado en el centro de la ciudad, cogían el autobús y se bajaban dos paradas antes de la que los dejaba frente al portal de su casa. Caminaban entonces hasta la tienda de discos del barrio y allí saludaban a Martín, el dependiente que parecía salido de la película Alta Fidelidad, y se pasaban un buen rato ella descubriendo las últimas novedades, los long plays recién llegados y su padre recordando los viejos éxitos. Y casi siempre se llevaban algún vinilo a casa, de rabiosa actualidad, como decían los locutores de radiofórmula de la época, o descatalogados, los favoritos de su padre. Volvían felices con su tesoro recién adquirido y lo machacaban en el tocadiscos durante todo el fin de semana para horror de sus vecinos.

Hacía años que no recordaba esos viernes. Y años también que no visitaba la tienda de Martín, desde que dejó el barrio al terminar el instituto. Hoy lo ha hecho, ha vuelto a la tienda y se ha emocionado al comprobar que sigue abierta, en pie de guerra, ofreciendo música al personal. Martín la reconoce y le dice sonriente que ella, igual que el vinilo, ha vuelto. Le pregunta por su padre; él no volverá, por eso ella está allí. Para recordarle con la música que tanto compartieron, para ver si puede encontrar algún viejo disco de Elvis que llevarse a casa para no dejar de escucharlo en todo el fin de semana. Como El Rey decía y su padre repetía siempre guiñándole el ojo, “la música nunca puede ser mala, digan lo que digan sobre el rock and roll”.

Foto y ©: Yaroslav Blokhin

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12 septiembre 2017

Crónica de un viaje incierto

Los viajes dan para pensar mucho. Para observar, para imaginar y para coger ideas que quizá se materializan unos días más tarde en un blog, como es el caso.

En julio volé a Gran Canaria. Allí iba yo con mi sombrero de paja, las gafas de sol colgadas y un libro en el bolso, como una turista típica en busca de sol y playa. Ya en mi asiento leí unas cuantas páginas de la novela, que no cumplía tanto como prometía y me dediqué a observar al resto del pasaje; bueno, al que me pillaba más a mano.

Me centré en una pareja más o menos de mi edad. Por ver sus gestos, oír algo de su conversación, me pareció claramente que estaban iniciando su relación. Era su primer viaje juntos segurísimo. Y para no ser además de una turista típica una curiosa descarada alejé mi atención de ellos con la sonrisa puesta, porque el amor estaba, literalmente, en el aire.

Pensé entonces que emprender un primer viaje con alguien a quien amas y a quien aún no conoces demasiado es como que te pidan que cortes el cable rojo o el azul, sabiendo que sólo uno desactiva la bomba y que para ti la única diferencia entre ellos es el color. La cosa puede ir muy bien o muy mal.

Es verdad que a veces, como en el caso de la pareja del avión, cuentas con bastantes cosas a tu favor: la persona que tienes al lado obviamente te gusta, tú a ella también, es verano, vas a un lugar tirando a paradisíaco, estáis de vacaciones… Vamos, que en realidad parece que la balanza se inclina hacia el lado bueno, que incluso tienes unas nociones sobre desactivación de bombas, aunque sean básicas.

¿Qué puede fallar?

Todo. Puede fallar todo. No sé qué les pasó durante aquellos días al chico y la chica que viajaban junto a mí, pero a la vuelta volvimos a compartir vuelo y parecían otros. No más felices, no más unidos. Todo lo contrario. Debieron de haber pasado unos días espantosos juntos, porque ni se miraban ni se hablaban. Ella estaba visiblemente enfadada, él triste. El gesto de la chica mostraba un desprecio absoluto hacia él, que se hacía pequeño por momentos y no veía la hora de aterrizar en Madrid, seguramente para irse a su casa y terminar con aquel suplicio. Estar sentado junto a alguien con quien no quieres estar y que no quiere estar contigo durante casi tres horas, más los días anteriores, claro, debe de ser muy desagradable. Empaticé con él, porque ella no parecía necesitar que nadie lo hiciera. Quizá fuera la damnificada, no tengo ni idea, pero quien estaba pasándolo mal era él.

Le puse cara de circunstancias y me sonrió levemente. Luego miré hacia delante y pensé que a veces viajas al paraíso y te lo encuentras en obras. Y también pensé que al amor se viaja en primera clase y se vuelve de él en turista. Y como estas dos frases me gustaron las anoté para utilizarlas en algún post en el blog.

Puse mi asiento en vertical, me abroché el cinturón y vi los títulos de crédito de la película que terminaba de ver mi compañera de asiento. Bajé del avión, recogí mi maleta de la cinta y contemplé cómo delante de mí el chico arrastraba la suya hacia la salida del Metro mientras ella se dirigía a la parada de taxis. Parecía ligera de equipaje.

Foto y ©: Tim Gouw

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