Twist and shot

11 agosto 2017

Historias de Nueva York

“7 am. Comienza un nuevo día en la ciudad que nunca duerme. Es viernes, 11 de agosto y la temperatura es de -10 ºC. Sí, las calles están heladas, abríguense y tómenselo con calma si están seguros de querer salir de casa hoy.”

Soledad apagó el radiodespertador, se dio media vuelta en la cama y echó un vistazo a la ventana. La luz entraba sin piedad en la vieja habitación, en el tercer piso de un edificio del barrio de Queens. Era una luz de un blanco absoluto, como si el sol hubiera perdido el dorado y la blancura del hielo lo hubiera invadido. La calefacción central estaba funcionando a máxima potencia y aunque no tenía frío tampoco puede decirse que fuera de su cama el ambiente fuera cálido. Llevaban así varias semanas y no parecía que el clima fuera a dar tregua; Soledad empezaba a inquietarse, aunque intentaba no pensar mucho en ello y seguir con su plan.

Como cada mañana desde que llegó a la gran ciudad, madrugó para salir cuanto antes a emprender la búsqueda. No tenía muchos datos, prácticamente ninguno. Sabía que lo que estaba haciendo era una locura, pero aun así tenía claro que continuaría adelante. Es como si algo en su interior, una fuerza desconocida, decidiera por ella y le fuera indicando lo que haría a continuación, cuál sería su siguiente paso.

Así, cada día se vestía como si estuviera en el polo, dedicaba un buen rato a ponerse una capa de ropa tras otra, de forma estudiada. Como toque final, las botas de piel, los guantes y la bufanda de lana. Compraba un expresso en el café de la esquina, lo pedía para llevar, no tenía tiempo que perder, y empezaba a rastrear Nueva York, barrio a barrio. Empezó por Queens, sin éxito. Dedicó una semana a Manhattan, otra a Brooklyn, se internó en el Bronx. Intentaba hacerlo siempre de día en las zonas que las guías de la ciudad indicaban que eran más peligrosas, pero nunca tenía sensación de miedo, al menos no de la gente, puesto que la ciudad estaba prácticamente vacía. Lo que le asustaba era el frío, esa temperatura ambiental que no hacía más que bajar y bajar, como si no hubiera un límite. ¡Por Dios, estaban en agosto!

A mediodía hacía una parada para comer algo y se permitía sentarse media hora para recuperar fuerzas, le dolían todos los músculos, ya no sabía si por caminar tanto o por el frío. Y cuando empezaba a anochecer (suerte que era verano y lo hacía tarde, afortunadamente eso no había cambiado) volvía a su habitación, tomaba un sandwich, una hamburguesa, algo rápido, analizaba su plano de la ciudad para decidir la ruta que haría al día siguiente y volvía a dormir.

Así pasaban los días, el frío continuaba e iba a más, extendiéndose por todas partes. Y la búsqueda de Soledad no daba resultado. Subió a los edificios más altos, bajaba al muelle, se movía por todas partes, turísticas o no y terminó conociendo Nueva York tanto como los taxistas que circulaban por sus calles desde hacía décadas.

Una mañana al despertar la voz que hablaba al otro lado de la radio contó algo desconcertante. Los cuerpos de seguridad buscaban a alguien o a algo. Aún no sabían exactamente su procedencia, pero estaban seguros de que el frío era provocado, no lo traía la naturaleza, a pesar de que la tratáramos tan mal. Pensaban más bien en un ataque desde dentro. Soledad se asustó. ¿Un ataque terrorista cuyo arma era el frío? Le tembló todo, resultaba realmente aterrador, estamos más expuestos de lo que podemos imaginar, pensaba mientras se vestía para poder emprender un día más su búsqueda.

Al salir del edificio la detuvieron. Ella era a quien estaban buscando y acababan de encontrarla. Fue inútil tratar de explicar que su intención no era atacar a nadie, que sólo quería encontrar a una persona que había llegado a Nueva York hacía un mes después de abandonarla sin ella presentirlo. Y que esa persona había dejado tal frío en su interior que no concebía volver a entrar en calor hasta encontrarla. Ahora la ciudad entera tendría que ayudarla a dar con él.

Los policías decidieron que había otra solución mejor, deportarla a un lugar donde su frío no hiriera a nadie más que a ella misma. Y por eso ahora viaja en un avión militar custodiada por dos hombres abrigados hasta lo indecible hacia un destino incierto, pero que sabe gélido y del que nunca saldrá.

Foto y ©: Freddy Marschall


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4 ComentariosEnviado por: Sandra Sánchez

31 julio 2017

Mi amigo Lobo

Toda mujer debería contar con un amigo-lobo. Si lo tienes no hace falta que te explique más, ya sabes de lo que estoy hablando. Si no sabes de qué va el tema es que aún no has encontrado al tuyo. No pasa nada, con suerte llegará. Los amigos y más los de este tipo, son como el amor, aparecen en el momento oportuno, los busques tú o no.

A Laura las cosas no le han ido en general del todo bien. Ha tenido sus buenos momentos, por supuesto, pero nunca ha sido lo que se dice una mujer con estrella. Aun así lo ha llevado con clase. Es de esas personas que asumen lo que les pasa y siguen adelante, confiando en que lo que venga será mejor. Poco más se puede hacer además de seguir adelante, piensa. En todo caso las otras opciones le parecen peores.

De un tiempo a esta parte su suerte ha cambiado. Ella lo achaca, con razón, a que apareció en su vida Lobo, un perro maravilloso, atlético, de un pelo brillante, enérgico, lleno de vida. Lo encontró haciendo senderismo por la montaña, lejos de la ciudad. Parecía muy cuidado, ¿lo habrían abandonado recientemente? No era posible que llevase demasiado tiempo solo… O quizá sí y él prefería esa vida en libertad, decidiendo por sí mismo. Su aspecto era el de un animal libre, autosuficiente y feliz.

Laura dedicó mucho tiempo a buscar a sus propietarios, puso anuncios por todas partes, fotos del perro en las farolas, en Facebook, en todos los lugares que se le ocurrió. Pero nadie contestó a su llamada, parecía que hubiera aparecido de la nada para encontrarse con ella. Decidió quedarse con él, adoptarlo como su amigo, llamarlo Lobo, porque le recordaba a este animal, fuerte, con personalidad, inteligente y con un punto salvaje. Lobo se convirtió en su sombra, en su compañero más fiel. A Laura le gusta salir a pasear a primera hora de la mañana y a última de la tarde, verlo correr a ritmo lento exhibiendo su pelaje, alejándose de ella para luego regresar.

Le cuenta su vida, puede que para muchas personas esto no tenga ningún sentido; la propia Laura se sorprendió al descubrirse a sí misma haciéndolo por primera vez. Le habló de sus amores y desamores, de sus amistades duraderas y de las que se rompieron y dejaron una herida que ya está curada o no. Le habla de sus sentimientos y de su día a día mientras le acaricia cuando se sientan juntos en la montaña mirando al horizonte después de un largo paseo. Y desde que lo hace se siente mejor y sus problemas se hacen humo, dejan de existir. Su mera compañía le hace bien; parece, vuelve a pensar, que el perro le trae suerte, aunque hasta ahora Laura no había creído mucho en ella, es una persona de un pensamiento racional, crítico. Una mujer de ciencias cien por cien.

Ayer al atardecer, en su paseo diario, se les echó el tiempo encima, se hizo más tarde de lo habitual. A Laura no le importó, no tenía prisa por volver a casa ni a ningún otro sitio. Se encontraba a gusto y en paz con el mundo y consigo misma allí, sentada sobre una roca mirando al infinito junto a su perro. Pero Lobo empezó a inquietarse; al principio de forma casi imperceptible, después con un nerviosismo evidente, hasta que echó a correr a toda velocidad a casa. Laura le siguió como pudo y a punto estuvo de descubrir su secreto, menos mal que no lo hizo. Habría sabido que su Lobo la protege y más de lo que imagina. Que de noche se convierte en un Lobo humano que vela su sueño y se encarga de que los problemas del día queden solucionados para que ella al despertar se sienta tranquila y segura. Por eso Laura cada amanecer sabe a ciencia cierta, su corazón se lo dice, que nunca, jamás, encontrará un amigo mejor que Lobo.

Foto y ©: Patrick Hendry

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6 ComentariosEnviado por: Sandra Sánchez

27 julio 2017

Polvo de estrellas

Habitamos en el cosmos y el cosmos también forma parte de nosotros. Estamos hechos de las mismas sustancias que las estrellas. Lo dijo Carl Sagan, probablemente el astrónomo más famoso del mundo y los científicos que han venido detrás han ratificado su tesis, toda materia orgánica que produce carbono se originó en las estrellas. Silvia lo ha leído en una revista atrasada en la sala de espera del dentista y a ella no le ha sorprendido, ya que conoció a una estrella.

No es una estrella del rock ni del fútbol o de la cocina, tan de moda últimamente en la tele. Es una estrella sin más. Un ser brillante, como venido de otro planeta y que ha caído en el nuestro sin saber muy bien qué pinta aquí.

Llegó a su vida como llegan casi siempre las cosas, las personas, los acontecimientos importantes, por casualidad. No imaginaba que el chico que se acercó a la playa de noche y la abandonó de día significaría algo especial para ella. Pero le causó curiosidad que huyera del sol en unos meses en los que todos lo buscan desesperadamente para conseguir en tiempo récord una piel más morena que mostrar en Instagram.

Silvia, blanca nuclear, también hace lo posible por escapar del sol. Por eso pasea por la playa a última hora y por eso pudo conocer a su estrella, acercándose el uno al otro como si no fuera posible hacer otra cosa. Nunca supo su nombre, a pesar de que pasaron una noche entera hablando de las constelaciones. Andrómeda, La Osa Mayor, Casiopea, Pegaso… cobraron forma para Silvia gracias a él. Desde entonces cada verano las busca en las noches sin nubes y pareciera que al señalar con el dedo desde la playa cada una de las estrellas que las conforman fueran brillando para ella. Pareciera también que al hacerlo ella sintiera en la yema de su dedo el tacto de la de él, como si eso fuera posible con la enorme distancia que ella sabe que los separa.

Porque después de enseñarle los secretos de las constelaciones él desapareció. Lo hizo sólo físicamente, ya que Silvia no ha dejado de sentirlo a su alrededor, en las noches claras, iluminando su camino a casa o sus solitarios paseos por la arena de la playa. Somos polvo de estrellas y él era, piensa Silvia, la más luminosa estrella fugaz.

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Foto y ©: Christopher Campbell


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4 ComentariosEnviado por: Sandra Sánchez

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