Twist and shot

6 agosto 2018

Sobre el olvido

Al comienzo del verano, cuando aún no había llegado realmente el calor, me contaron una historia sobre el olvido. El olvido, pienso, es el adiós en su máxima expresión, porque no deja posibilidad de retorno; lo que no se recuerda parece que no ha existido, con lo que va más allá de una despedida, es el vacío total.

Por eso me pareció de una crueldad insoportable la historia que me contó mi amiga, sobre un hombre al que ella todavía amaba, y que le pidió que le olvidara. Fue así de categórico: “olvídate de mí”. Y lo aderezó con una toque de condescendencia, en mi opinión más insoportable si cabe, “es lo mejor para ti”.

Consolé a mi amiga como pude, seguramente mal, porque no dije prácticamente nada, solo dejé que ella se expresara y soltara lo que tenía dentro. Pero me dolió muchísimo su desolación, que comparé con una casa en ruinas, un corazón abandonado de repente, tirado al asfalto a pleno sol.

Ella no sabía qué hacer, porque ¿cómo olvidar lo que no quieres olvidar? ¿Se puede olvidar a alguien solo porque te lo pida? La respuesta claramente es no. Nuestro plan fue el siguiente: hacer planes. De todo tipo, daba lo mismo. Un cine (las películas románticas quedaron prohibidas hasta nuevo aviso, claro), un paseo en bici, un helado carísimo y absurdo en la heladería de la que todo el mundo habla, un sí a cualquier persona que te llame y te proponga cualquier cosa, una visita nocturna al planetario para ver las estrellas y comprender lo pequeños que somos y lo poquísimo que importan en realidad la mayoría de lo que llamamos problemas. En definitiva, sí a todo con tal de no pensar.

Al principio no funcionaba, y contábamos con ello, podía pasar. Ella le recordaba, miraba sus fotos, leía sus viejos whatsapp, marcaba todos los números de su teléfono menos el último, pensaba todo el tiempo en él.

Después sucedió algo inesperado. La posibilidad de un viaje. Era de trabajo, pero tendría también tiempo libre para callejear por una isla del norte de Europa, para perderse por alguno de sus pueblos, para llegar hasta el mar y respirar otro aire, dejarse mecer por otras olas. Dijo que sí, por supuesto. Y voló hasta Copenhague desde Madrid una mañana cálida con el plumas bajo el brazo, porque no había mirado el tiempo en Dinamarca e imaginó que sencillamente haría frío. El plumas nunca llegó a ponérselo, ni la chaqueta, ni una manga larga. También allí era verano y mi amiga empezó a despojarse de todo lo que le sobraba.

Comenzó a sentir dentro de ella una paz inusitada, casi ni siquiera era consciente, sencillamente se sentía bien. Conoció gente, hizo amigos, pero sobre todo le gustaba estar sola, pasear, descubrir nuevos lugares que no significaban nada para ella, pero que a partir de ahora sí los sentiría de alguna manera como propios, porque en ellos se encontraba a gusto.

Mi amiga me escribe hoy desde Olsker, en la isla de Bornholm. Me cuenta que sus paisajes son increíbles, todo es de un verde rabioso, las casas, blanquísimas, destacan en medio de la naturaleza y hay graneros de madera por todas partes. En uno de ellos, abandonado, se hizo la foto que me envía, en la que salta feliz. Y pienso que al fin lo ha conseguido. No queda ni rastro de dolor en ella, la desolación ha desaparecido y ahora, si entra en una casa en ruinas, se pone a bailar.

El olvido llega cuando quiere y sin que lo sepas; has olvidado exactamente cuando no sabes que lo has hecho. Porque de aquello que querías olvidar ya no recuerdas nada, ni siquiera que lo has olvidado.

Foto y ©: Miguel Bruna


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6 julio 2018

Los días infinitos

Este es un post sobre fútbol. Sí, en estos cinco años y pico de blog no había escrito nada aún acerca del fútbol. Y la verdad es que me gusta, así que ha llegado el momento de hacerlo, ahora, en pleno Mundial. Estas semanas estoy viendo partidos por encima de mis posibilidades y me parece perfecto. Tan enganchada estoy que ahora que ya han terminado los octavos y hay días de descanso entre partido y partido siento que me falta algo; aparece una pequeña, mínima, ansiedad, por no poder encontrar lo que el cuerpo y la mente se ha acostumbrado ya a tener. Somos claramente animales de costumbres.

Viendo jugar a las distintas selecciones aprendo un montón de cosas. La primera y seguramente la más importante, que la vida es como el fútbol: injusta en muchas ocasiones. Ves a once jugadores luchando hasta la extenuación, dominando claramente a los once contrarios, pero no consiguen acertar con el gol. Al final, en los penaltis, se van a casa. Ahí te quedas, con la boca abierta y la lección aprendida. ¿Qué hacer la próxima vez? ¿Luchar menos, implicarse lo justo, directamente no volver a participar en esa competición? No. A pesar de todo habrá que hacerlo exactamente igual; bueno, no, mejor. La lucha tendrá que ser más titánica aún, incluso sabiendo (o precisamente por eso) que la injusticia puede repetirse. No recuerdo qué entrenador o jugador la dijo, pero me quedé hace años con esta frase: “hay cosas que no por saber que son imposibles debes dejar de intentar alcanzarlas”. Me encanta.

Segunda cosa importante que aprendes viendo el Mundial: Selecciones que se consideraban favoritas ahora ya no lo son; y al revés, otras de las que no se esperaba mucho de repente triunfan. No hay que darlo todo por sentado. Y siempre hay un lugar para la sorpresa. También en la vida. Esto es maravilloso.

La selección que ganó en Sudáfrica no tiene nada que ver con la que ha quedado eliminada (ay) este año. Todo se mueve y todo cambia, en muchas ocasiones de un modo cíclico y en otras no, simplemente hacia adelante o hacia atrás, en línea recta. El pasado, los recuerdos, el presente, lo que existe en realidad. Los veranos de la infancia y de la adolescencia, a todo color, en analógico. Esos viajes interminables en coches sin aire acondicionado y con toda la familia a bordo, esa ilusión cuando veías a lo lejos, desde la carretera, el mar. Los días infinitos, sin obligaciones, sin planes por delante más allá de hacer cualquier cosa que sonara divertida. Y el presente, en digital, más veloz que la luz y con más responsabilidades. Pero también con ese espacio virgen, más pequeñito quizá, pero que permanece, para aferrarse a él y vivirlo con toda la intensidad.

Un verano no tiene nada que ver con ningún otro, como un Mundial no se parece en nada a otro. Cada uno es una nueva oportunidad, ¿una oportunidad de qué? ¿Para qué? Cada cual tendrá que contestar a esta pregunta de forma personal. Pero el simple hecho de que sea nuevo, de estrenarlo, resulta ya emocionante. Yo no me lo quiero perder. Ni el Mundial ni el verano.

Foto: Kendra Kamp.


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25 junio 2018

Sin mirar atrás

Hace un par de noches soñé contigo. Era un sueño bonito y muy triste a la vez. Nos encontrábamos bajo la lluvia, como el día que nos conocimos. Y fue como si se cerrara un círculo. Porque ahora, en el sueño, te despedías de mí. Me regalaste algo hecho por ti. Una gran bola transparente llena de diminutos papeles de colores, cada uno por cada mes que hacía que nos conocíamos. Yo lloraba y sentía que te quería. Y también sentía que tú, de alguna forma, me querías a mí. Te marchaste y me quedé allí, sin poder moverme, con aquel globo transparente entre las manos y mis lágrimas confundiéndose con las gotas de lluvia que empapaban mi cara.

Entonces me desperté. Un frío húmedo recorría cada uno de mis huesos y de mis músculos, pareciera que la lluvia hubiera sido real; pero lo más extraño es que me inundaba de dentro hacia fuera y no al revés. La sensación de realidad, de hiperrealidad, del sueño, me acompañó durante toda la mañana.

El día comenzó de un modo aparentemente normal, pero solo aparentemente. Mientras mi jefe me pedía a gritos desde su despacho el informe que necesitaba yo luchaba contra el atasco interior que sufría la impresora; pero el mío, el que sufría yo, era mucho más grave. Por eso pude superar el maltrato verbal del hombre de la corbata, que seguía dando voces como si jamás hubiera conocido la ternura. No hay mal que por bien no venga.

A mediodía, con la impresora arreglada y el maldito informe entregado, ya no pude más y marqué tu número. No lo cogiste y colgué. No pude comer nada, tenía el estómago completamente cerrado, habría sido inútil intentarlo siquiera.

Volví a llamar a las 4 de la tarde, y a las 5 y a las 6. A las 10 de la noche te dejé un mensaje. Estaba desesperada, lo sé. Lo sabía también cuando mi voz se grababa en tu móvil y no podía pararla, porque estaba disparada. Te decía, y yo era la primera sorprendida, que no me dejabas tú, que te dejaba yo. Que dar la cara y tratar bien a la gente era importante, fueran las circunstancias las que fueran, eso daba igual. Y que yo no quería tener nada que ver con cobardes. Solo me interesaba la gente seria y la gente buena.

A estas alturas del mensaje mi voz iba por libre, era completamente independiente de mí. Yo no quería decir aquello, o tal vez sí, no lo sé. Pero mi voz lo tenía claro y yo no podía controlarla. Intenté toser para detenerla, también respirar hondo, tomar aire, pero nada funcionaba, ella quería hablar y hablar, soltarlo todo sin filtro, no tenía límites.

Te dijo que la noche anterior había soñado contigo, pero que en el sueño al menos fuiste detallista, cariñoso, honesto. Todas esas cosas que no eras en la vigilia, en la vida real. Todas esas cosas que yo quería creer que eras, a sabiendas de que me engañaba a mí misma.

Pero cuidado, no me voy a culpar por eso, el culpable eres tú. Dicen que en las relaciones no hay malos. Bueno, depende, en muchos casos sí los hay, y en este lo eres tú. Te acostumbraste a recibir respeto y no creíste necesario ofrecer lo mismo. En realidad no creíste necesario ofrecer nada más allá de lo que te apeteciera en cada momento, y seguramente te felicitabas a ti mismo cuando te mostrabas mínimamente agradable conmigo. Qué doloroso y qué triste.

La voz, mi voz, seguía hablando sin freno. ¿Qué pensarías cuando la escucharas?, esa pregunta pasaba por mi mente no sin cierto temor, mientras la voz te contaba ahora que esa era nuestra última conversación, mejor dicho, nuestro último monólogo, pues no volveríamos a encontrarnos. Se trataba de una despedida. Yo sí daba la cara, yo sí te decía adiós y hasta nunca abiertamente. Porque hay cosas que no se pueden mantener cuando lo que se pone en peligro es la dignidad de una. Y la mía estaba en pie, pero empezaba a tambalearse, se veía venir el desplome. Y ese era el límite, la pérdida de la dignidad.

Escuché a mi voz decirte a través del móvil “hasta nunca” y mi cerebro ordenó a mi dedo índice pulsar el botón de colgar. Ahí terminó todo.

Eso fue ayer por la noche y para mi sorpresa dormí estupendamente. No tuve ningún sueño, o si lo tuve no lo recuerdo. No hubo lágrimas, ni lluvia, ni sensación de frío en los huesos al despertar.

Esta mañana me he levantado descansada y tranquila, con la mente extrañamente despejada. He desayunado un café largo y dos donuts, porque era lo que me pedía el cuerpo. Y he llegado a la oficina en un estado casi casi zen.

Faltaban dos minutos para la hora de entrada y yo ya estaba allí, pero antes de tener tiempo siquiera para colgar mi chaqueta del perchero he escuchado el bufido de mi jefe al otro lado del cristal que separa su despacho del resto del universo. He entrado a darle los buenos días y me ha pedido a gritos unos documentos de los que yo ni había oído hablar, pero que según él tenía que haber entregado la tarde anterior.

Con toda la tranquilidad del mundo he sacado el móvil del bolso. He buscado el mensaje que te envié ayer, ese en el que mi voz hablaba sola y decía lo que yo no me habría atrevido a decir jamás. He buscado el número de mi jefe y se lo he reenviado. Cuando he oído la señal de su móvil que indicaba que había recibido mi mensaje he salido del despacho. Me he vuelto a poner la chaqueta y me he ido de la oficina sin mirar atrás.

Foto: Andre Benz


8 ComentariosEnviado por: Sandra Sánchez

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