Twist and shot

9 enero 2021

Enero de 2021: Apocalipsis mental

Es 9 de enero de 2021, llevamos poco más de una semana del año que todos teníamos clarísimo que iba a ser nuestra salvación. ¿Lo pensamos aún? Tengo mis dudas.

Más allá del maldito virus, que no es poco decir, se están sucediendo acontecimientos históricos de lo más sorprendentes que me hacen pensar en que bordeo el apocalipsis; si no total, al menos mental. Sin ir más lejos, desde hace dos días me asomo a la ventana y veo el jardín de mi casa (de la comunidad de vecinos) completamente nevado. No han caído cuatro copos, lo que suele ser suficiente para echarnos a la calle y sacar unas fotos divertidas. No. En cualquier barrio de Madrid nieva como si estuviéramos al norte del círculo polar ártico. De idéntica manera.

Ayer por la noche subí la persiana para ver qué pasaba ahí fuera y una luz inquietante me dejó boquiabierta. Era como de día, una especie de sol de medianoche que conseguía que todo lo que normalmente oculta la oscuridad estuviera a la vista. Ahí flipé por encima de mis posibilidades, de verdad.

Hoy sigue la fiesta. Mientras la ciudad y toda la comunidad de Madrid está impracticable, las fuerzas de seguridad se dejan la vida por rescatar a las personas atrapadas en sus coches y el panorama es mitad dantesco mitad bellísimo, se me ocurre la fatal idea de entrar en Twitter.

Lo que encuentro ahí es, resumiendo mucho:

  • Un vehículo intentando salir, sin éxito, del garaje.
  • Una rave con multitud de gente cantando por Alaska (A quién le importa) en plena Puerta del Sol.
  • Un trineo tirado por perros en el barrio de Hortaleza.
  • Al alcalde, agotado, con pocas o ninguna hora de sueño, insistiendo en que por favor nos quedemos en casa.
  • Un reportero de Telemadrid diciendo que quien salga a la calle lo haga, como él, con un palo de escoba. (El periodista del enlace es él, pero no han publicado el vídeo exacto, esto lo he visto en directo en la tele).
  • Un repartidor llegando a su destino en esquíes.
  • Un dinosaurio caminando contento por la nieve virgen (es mi favorito de lejos).
  • Una pila de personas de otras comunidades españolas diciendo estar hartos del protagonismo que se le da siempre a lo que pasa en Madrid (aquí no pongo ningún enlace, los hay a cientos).

Y yo me pregunto, ¿pero es que algo de esto es normal? Lo más alucinante es que en un primer momento no me sorprendo de nada. Es todo tan surrealista que estoy segura de ser ya un personaje secundario de El show de Truman. Como si el programa estuviera perdiendo interés en la audiencia y los jefes dijeran: “Hay que hacer algo, venga, meted caña, no importa lo que sea, a lo loco”.

Así estamos, en plena pandemia, en plena nevada, en pleno caos. Con una necesidad importante de buscar un refugio interior en el que permanecer hasta que todo pase y podamos imaginar (aunque en el fondo sepamos que no) que todo ha sido un sueño.

Eso, o esperar tranquilamente a que llegue el próximo acontecimiento. Apuesto por la llegada de algún ovni antes de febrero.

Foto: Chema Muñoz Rosa


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5 enero 2021

Noche de Reyes

Cuando despertó, el dinosaurio ya no seguía allí. El microrrelato de Monterosso no tenía ningún significado para Ana, quien hacía días, semanas, meses, que no veía a nadie. Desde el pasado mes de marzo decidió confinarse por completo. Las primeras semanas fueron relativamente fáciles de llevar. Después la cosa se fue complicando y la ansiedad y el miedo se fueron apoderando de ella sin remisión. Más adelante, consiguió controlarlos y se adaptó a su situación lo mejor que pudo.

Llegó el verano y la gente se echó a las calles como si les fuera la vida en ello. Quizá era así. Pero Ana prefirió seguir aislada. Vivía en el campo, lejos de la contaminación y de la jauría de la gran ciudad y había logrado encontrar cierto equilibrio en su soledad. Salía a diario a pasear a primera hora, cuando estaba segura de que no encontraría a nadie a su paso. Y así había sido hasta ahora.

Se mantenía informada por las noticias de la radio y de la televisión, a la vieja usanza. Las redes sociales las había abandonado hace tiempo, cuando descubrió que le causaban más estrés que otra cosa. Sabía por los informativos que la situación no era buena. Hablaban de tercera ola, de la posibilidad, cada vez más probable, de nuevas restricciones severas. No habíamos aprendido nada de lo que había sucedido los meses anteriores, era descorazonador.

El frío no ayudaba. Se acercaba a toda velocidad una borrasca que asolaría gran parte de la península, especialmente la meseta y el lugar en el que Ana vivía estaría en el ojo del huracán. Había retrasado un poco la hora de sus paseos, pues tan de mañana el frío era difícilmente soportable por mucho que se abrigara. Aun así, no lo perdonaba; era su rato de esparcimiento, en el que podía respirar aire limpio e imaginar que el mundo era otro. Uno en el que respetábamos la naturaleza y protegíamos el medioambiente. Un mundo en el que nos cuidábamos los unos a los otros mimando nuestro entorno. Uno, también, en el que poder volver a abrazarnos sin miedo.

Esa noche se fue a dormir con ese pensamiento y ese deseo en la cabeza. Apagó el fuego de su chimenea, se metió en su cama de roble bien abrigada con sus mantas y se dispuso a soñar. No recordó entonces que a veces los sueños se convierten en realidad. Especialmente en la noche de Reyes.

Foto: Chad Madden


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17 diciembre 2020

Luces de Navidad

Te despiertas una mañana y desde el minuto uno tienes la sensación de que algo ha cambiado. No sabe explicarlo muy bien, pero algo así es lo que le pasó ayer a May. Amaneció rara. No tenía claro si era ella o el entorno, pero las cosas no eran del todo normales. Tampoco del todo raras, eso era lo que le desconcertaba, ese punto intermedio, que le hacía dudar de si se trataría únicamente de que su mente trataba de engañarle y estaba sola en esto.

El día era gris, pero no se lo podía reprochar, estábamos en mitad del mes de diciembre, era lo que cabía esperar. La sensación térmica era más fría de lo que marcaba el termómetro, por lo que se subió el cuello de su abrigo al salir a la calle y echó a andar a un paso más firme y rápido de lo habitual.

Levantó la vista hacia el cielo, sopesando la probabilidad de que lloviera o nevara. Determinó que cualquiera de las dos cosas podría pasar, al igual que ninguna. Vivimos tiempos imprecisos, pensó mientras entraba en el café a pedir, como cada mañana, un cappuccino para llevar. El calor del vaso de papel en sus manos le reconfortó al instante y llegó con buen ánimo a su puesto de trabajo.

Las llamadas, los emails y las reuniones por zoom con gente de toda Europa, hicieron que el día volara y al terminar la jornada se sentía tan activa que la idea de volver a casa le resultaba muy poco atractiva. Decidió así pasear por el centro de su ciudad, donde volvió la sensación mañanera de que algo extraño pasaba. Se detuvo y reflexionó un poco: estábamos a las puertas de la Navidad, pero el ambiente era poco festivo y la decoración de las calles tenía poca vida, era como de cartón piedra.

De pronto, cayó en la cuenta, le había llevado horas hacerlo: vivíamos en blanco y negro. Su ropa, el gris del cielo, las luces navideñas, las caras, los escaparates… Había desaparecido el color de nuestras vidas. Ahora comprendía que llevábamos meses así, pero no había sido consciente de ello hasta entonces, cuando el contraste con la festividad de las fechas, lo hacía tan patente. Serían las vacaciones y las Navidades más grises de nuestra Historia reciente, pero aun así, se empeñaban en lucir. May se agarró a esa idea, a esa pequeña luz en blanco y negro, para disfrutar de forma contenida de unos días especiales y desear que los del año que viene estuvieran de nuevo, llenos de color.

Foto: Brooke Cagle


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