Twist and shot

6 abril 2020

La superluna rosa

Vivimos días, en el mejor de los casos, de introspección. De pararnos con más detenimiento a reflexionar sobre cosas que unas semanas atrás quizá ni siquiera percibíamos. Una de estas cosas es la naturaleza, el propio ritmo interno de la misma, fiel un año tras otro, ciclo tras ciclo, a su desarrollo vital.

Mientras estamos, de nuevo en el mejor de los casos, pasando las 24 horas del día en nuestras casas, ahí fuera, además de lo que nos cuentan las noticias, pasan otras cosas. La primavera llegó, debió de sorprenderse al no ver a nadie ahí fuera, pero sigue su curso. Las flores van abriéndose, los árboles poblándose y las cigüeñas que emigraron, cada vez menos, es cierto, regresan a sus viejos nidos.

Si abrimos nuestras ventanas, aun viviendo en el centro de las grandes ciudades, oiremos, probablemente por primera vez, el canto de los pájaros. Están ahí, siempre han estado, incluso en mayor número, pero no los escuchábamos, absortos en el ruido cotidiano de máquinas diversas, del tráfico, principalmente, que tapaba todo lo demás.

En mi casa estos días oigo a diario cantos de sirenas, de la policía o de alguna ambulancia que vuela rumbo a un hospital cercano; pero también escucho el trinar de unos gorriones que viven en los árboles del barrio. He leído que un ave tan común para nosotros como son los gorriones, están desapareciendo en las últimas décadas de forma alarmante. Parece que la ausencia de zonas verdes y el aumento de la contaminación son los culpables.

El otro día, la semana pasada, vi una foto del horizonte de Madrid tomada justo antes de la pandemia que sufrimos, y otra de unas semanas después, cuando ya todos llevábamos bastantes días confinados. La boina de humo sucio, que todos los madrileños conocemos tan bien y que aparecía en la primera fotografía, había desaparecido en la segunda, donde sobre los edificios solo se veía el azul espléndido del cielo de la capital. Quizá también por eso podemos escuchar a los gorriones, porque ahora no solo están, sino que además cantan. Son solo reflexiones que me hago.

Tengo una más. También leyendo estos días noticias random me he enterado de que la noche del 7 al 8 de abril, es decir, entre mañana y pasado, podremos ver una superluna rosa, un fenómeno extraordinario que suele producirse cada año por estas fechas y que antiguamente se relacionaba con la anunciación de la Pascua.

La superluna se produce cuando nuestro preciado satélite se acerca a la Tierra más que nunca. Y la veremos más grande y brillante esa noche que en todo el año. Ese brillo tan intenso hizo que los nativos americanos le pusieran el adjetivo de rosa, haciendo alusión a unas plantas llamadas Phlox, con flores pequeñitas, parecidas al musgo, pero de color rosa y que crecen en esta época del año.

Atentos a las señales de la naturaleza y a ese regalo que nos hará mañana la luna, especialmente a eso de las 22.30, cuando mejor se verá desde España. En tiempos de distancia social, ella se acerca a nosotros para darnos luz.

Foto: Tony Detroit


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2 abril 2020

La ventana indiscreta

Si hace apenas un par de meses le hubieran dicho que pasaría semanas sin poder (y sin querer, por temor) salir de su casa no lo habría creído. Pero el caos se ha apoderado de todo y reina en nuestro mundo, mientras un montón de héroes, muchos, muy valientes, luchan contra él en una batalla que ya está siendo larga, pero que se sabe que ganarán.

Así, mientras esa guerra tiene lugar en el exterior, Blanca pasa los días, como el resto de sus vecinos, de los habitantes de la ciudad y casi del mundo entero, encerrada en su casa.

Dedica gran parte del tiempo a mirar por la ventana. Sabe que mucha gente está sacando lo mejor de sí misma estos días, en una suerte de hiperactividad nunca antes conocida. Seguro que se están escribiendo novelas increíbles, haciendo grandes descubrimientos en laboratorios caseros, creando composiciones maravillosas… Ella no hace nada de eso. Se despierta cada mañana y se repasa a sí misma por dentro y por fuera, para asegurarse de que todo está en su sitio y de que ha comenzado un día más sin nada que reseñar. Ducha, desayuno de pie en la cocina y, quizá con la taza de café aún humeante en la mano, paseo hasta el ventanal, donde se sienta a ver pasar las horas. No tiene trabajo, porque es una de tantas que estos días, quizá cuando más falta hace estar ocupada, se ha quedado sin él.

Desde su ventana echa un vistazo a la calle desierta, por la que solo pasa muy de vez en cuando algún que otro autobús o un coche de policía; también el camión de la basura, puntual todas las mañanas a las 10.30; y poco más. Alguna paloma caminando confusa sobre el asfalto mojado. Blanca cree que es posible que las palomas piensen que los humanos nos hemos extinguido. Qué raro les parecerá también a ellas todo y cuánto echarán de menos esas migas de pan que recibían en los parques de la ciudad.

El edificio de en frente es como una colmena. Los pisos de arriba son oficinas desiertas pero los de abajo son domicilios particulares. En cada uno de los apartamentos se esconden, o más bien se refugian vidas en stand by. La pareja de ancianos del primero que cada noche se queda dormida con la televisión encendida; la chica que se pasa el día preparando recetas con un robot de cocina para después hacerles fotos y casi nunca comerse lo cocinado; la familia numerosa que inventa juegos sin parar para entretener a los niños; el hombre de mediana edad que hace bicicleta estática a última hora de la tarde…

A Blanca esto último le pareció una gran idea. Qué bueno sería tener una para mantenerse en forma desde casa. Investigó en Google, pero nada. Una vez más, como había pasado con los supermercados a la hora de hacer la compra on line, se le habían adelantado y ya los stocks de bicicletas estáticas y de elípticas estaban agotados. Podías encargar una a precio de oro, sí, pero te la traerían en julio.

Blanca se fija en el tipo que se pasa el día, como ella, asomado a la ventana. A esa distancia, no sabría decir si se encuentra triste o esperanzado. Quiere pensar que lo segundo. Le mira y después levanta la vista al cielo azul, que hoy parece el mar. Y de repente se acuerda de Cuba, de ese azul caribeño en el que mar y cielo parecen todo uno. Cuando estuvo en la isla vio cómo los habaneros se sentaban en el malecón mirando hacia el mar, hacia la libertad. Y supo que cuando todo esto pasara ella también miraría siempre hacia afuera, buscando la naturaleza, el aire limpio, la esencia de la vida. Lo que hubiera al otro lado de los escaparates le interesaría mucho menos. O incluso nada.

Foto: Alexandre Chambon


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24 marzo 2020

Atardeceres

El confinamiento le había pillado en una lujosa casa de montaña. Aquello se parecía a una guerra, pensó inmediatamente. Esa idea en principio frívola le asaltó entonces, porque algunas décadas atrás su abuelo le contó cómo en la guerra civil muchos jóvenes se sumaron a un bando o a otro dependiendo de dónde se encontraban en el momento del alzamiento. No todo fue cuestión de ideas políticas, las circunstancias tuvieron mucho que ver para no pocas personas entonces. Ahora no se trataba de formar parte de un bando determinado, pero el azar también jugaba un papel en esta extraña guerra que vivimos.

Ella estaba pasando un fin de semana en una casa prestada, con unas vistas increíbles, todo tipo de comodidades, más que eso, de lujos, y allí decidió quedarse hasta que todo pasara. Confiaba, como casi todos al principio, que la cosa no se prolongaría más de dos semanas. Pero los acontecimientos nos arrollaron y ya sabíamos que el encierro se prolongaría. La incertidumbre acechaba y causaba miedo. Ella se sentía más o menos segura, ya que allí estaba bastante aislada, sin vecinos alrededor, sin nadie más que sus propios pensamientos, lo que por otro lado puede ser un arma de doble filo.

Cada mañana desayunaba temprano, se vestía con ropa cómoda y se disponía a leer. Sumergirse en las historias ficticias le ayudaban a alejarse de la realidad, cosa que quería a toda costa. Dejó de ver las noticias, abandonó por un tiempo las redes sociales. A pesar de estar en plena sierra, optó por no salir a pasear, ni a tomar el aire siquiera. Ventilaba a diario toda la casa, pero nada más. Afortunadamente la despensa y la nevera estaban repletas, con lo que el suministro alimenticio por ahora estaba resuelto.

Las tardes las dedicaba a escribir y a ver viejas películas de amor. Cuanto más antiguas, mejor, así conseguían transportarla a épocas que nada tenían que ver con la actual. La primavera acababa de empezar y los días iban siendo más largos. Al atardecer, cuando el sol comenzaba a caer, se daba un baño caliente frente al inmenso ventanal, se tomaba una copa de vino y enjugaba sus lágrimas al contemplar aquel milagro cotidiano.

La auténtica guerra se libraba lejos de aquella casa, pero ella, como todos nosotros, luchaba su batalla personal a diario, puesta de sol tras puerta de sol. Hasta que llegó el día en que pudo compartir con quien deseaba una de ellas; esa fue, sin duda, la más bella de todas.

Foto: Roberto Nickson


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3 ComentariosEnviado por: Sandra Sánchez

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