Twist and shot

19 noviembre 2020

Casa con vistas al cielo

Dúplex, amplio, zona norte, exterior con ascensor… María cerró la página web del portal de venta de pisos y también el portátil donde la estaba viendo. Se levantó de la silla del despacho de su casa y se dirigió a la ventana simplemente a elevar la vista hacia las nubes que iban cubriendo su barrio.

Las alturas no le gustaban demasiado, prefería vivir a pie de calle. Eso decía mucho de su personalidad, no le iba el vértigo en ninguna de sus facetas. El cielo solo era bonito para contemplarlo, no para vivir en él.

Los dos últimos meses que pasó ingresada le sirvieron para ser consciente de que la vida a veces está fuera de la ventana y a veces dentro de ella. Los hospitales son micromundos extraños, una especie de ciudades dentro de la ciudad, llenas de vida y de muerte a la vez. Las enfermeras, los médicos, los celadores, son hormigas obreras trabajando con eficiencia y sin descanso para que los pacientes mejoren y puedan salir pronto de allí. Estos últimos hacen lo que pueden, la mayoría pone todo de su parte, porque el objetivo es el mismo, abandonar cuanto antes ese espacio impersonal e irreal, donde el tiempo fluye distinto, mucho más lento y el aire parece más denso y pesado.

Antes, hace apenas unos meses, pero parecieran siglos, los familiares y amigos podían visitar a los enfermos. Les hacían las tardes más llevaderas y los cargaban de buena energía para levantar el ánimo. También les llevaban revistas y libros para entretener la mente y alimentar el alma; y en algunos casos, dejaban en la habitación unas flores coloridas que mejoraban el aroma del cuarto de forma inmediata. Todo esto ahora no sucede, con lo que estar ingresado resulta aún más duro.

En estas cosas pensaba María cuando miraba por la ventana de su despacho. En lo sola que se había sentido los dos últimos meses. Al volver a casa, al menos al principio, tampoco pudo acompañarla nadie. Estos días de soledad le habían servido para muchas cosas: para hacer el cambio de armario, poner al día su correo, cocinar lento, limpiar a fondo el piso. Y comprender que necesitaba nuevos aires que respirar. Su viejo barrio ya no le parecía suyo, quería empezar de nuevo. Ver nuevos paisajes desde la ventana, a ser posible verdes, y salir a pasear por caminos diferentes, por descubrir. Sentía la necesidad de contemplar el mundo desde otros ojos; o mejor dicho, desde los suyos, que ahora eran distintos. Y solo mediante un cambio radical podría conseguirlo y sentirse feliz. En un mundo que da pocas oportunidades, a ella le habían regalado una más y quería aprovecharla.

Se sentó de nuevo frente a su ordenador y abrió la web de venta de casas. Oportunidad, piso exclusivo en urbanización con piscina, zona oeste…

Foto: Kinga Cichewicz


Etiquetas: , , , , , , , ,

Deja tu comentarioEnviado por: Sandra Sánchez

12 noviembre 2020

El sueño de Alicia

En el sueño todo tenía sentido. Alicia aparecía recién levantada, guapa y radiante. Después de darse una ducha su aspecto era aún mejor, más favorecedor. El pelo largo y sedoso, brillante, a juego con su jersey de punto gordo, una delicia acariciarlo y arroparse con él.

Salía a caminar por una calle en la que lucía el sol. La temperatura era agradable, no hacía falta abrigo, por lo que lo llevaba en el brazo mientras andaba. A su paso, el aroma de la cafetería del barrio entraba en su pituitaria y la mezcla del olor a café de calidad junto al de los cruasanes recién salidos del horno le hicieron pararse un segundo. Sí, entró a comprar uno de cada y se los fue tomando, saboreándolos al máximo, sin dejar de pasear.

Se cruzó con un par de vecinos, a los que saludó levantando el vaso de papel de su café, y con una amiga que llevaba sin ver algún tiempo. Se abrazaron, charlaron animadas y prometieron llamarse pronto para verse con más calma y ponerse al día de todo. Alicia continuó su camino y paró frente a un escaparate. Siempre había sido una enamorada de los zapatos, obsesionada con ellos, quizá, pero no podía resistirse. Aquellos botines de nueva temporada eran preciosos… pero también esas botas altas negras… y esos mocasines burdeos, que además tenían pinta de ser súper cómodos… De acuerdo, esperaría a las rebajas, pero por ahora ya había disfrutado haciendo sus ‘fichajes’.

La librería del barrio acababa de abrir, siempre eran los últimos en hacerlo, no levantaban la persiana hasta casi el mediodía. Pero allí estaban todos sus libros expuestos. Novedades y clásicos, era tan difícil pasar de largo… que no lo hizo y entró. Las estanterías de una librería son el mejor sitio en el que perderse. El otro día vio en la tele la película La librería, de Isabel Coixet, una maravilla que ya disfrutó en cines cuando se estrenó. En el debate posterior a su emisión, la directora contaba cómo había querido homenajear con su filme a las librerías, porque en todas ellas te sientes como en tu casa. Si estás de viaje en Tokio, en Hanoi o en Montevideo, todo te parece extraño y no conoces a nadie, entra en una librería. La sensación de paz será instantánea.

Tras hojear varios libros reparó en un tomo bastante grueso, tapa dura, portada azul intenso. Le llamaba insistentemente, de un modo tan acusado que parecía irreal, como mágico. Alicia no podía hacer otra cosa que no fuera coger ese libro. Así lo hizo y al abrir sus páginas azules se zambulló en él y despertó de su sueño en medio del mar.

Foto: Bradley Dunn


Etiquetas: , , , , , , , , ,

Deja tu comentarioEnviado por: Sandra Sánchez

6 noviembre 2020

El alma de los trenes

Los trenes ya no son lo que eran. Antes, hace poco o un mundo, según se mire, ya que nada hay más relativo que la percepción del tiempo, bullían de vida. Transportaban gente aquí y allá y el viaje no empezaba en el destino, sino cuando se llegaba a la estación de partida, se mostraba el billete, se accedía al andén y se subía a bordo del vagón asignado.

En toda esa sucesión de acciones había algo de ceremonia feliz. Una especie de presentimiento de inicio de algo, siempre bueno, que estaba a punto de pasar, que solo por eso, por presentirlo, ya estaba pasando.

El bar del tren siempre era un buen lugar para repostar y estirar las piernas mientras se seguía avanzando a toda mecha. Un vino en vaso de plástico o un bocata calentado al momento eran deliciosos manjares, porque lo importante es la actitud y la ilusión y ambas estaban aseguradas.

Las vacaciones, los viajes, las escapadas, comenzaban al poner ese pie en el tren, al colocar la maleta en el lugar indicado, al acercarse al baño minúsculo o al ir con el móvil a la zona en la que se permite hablar sin molestar al resto de los pasajeros para conversar burlando la ida y venida de cobertura.

Incluso cuando el viaje era de retorno el tren era amable. Nos ofrecía el descanso del guerrero, la paz después de la aventura, las horas de tranquilidad para empezar ya a rememorar lo vivido, para ordenar los recuerdos y saber cuáles de ellos perdurarán quizá para siempre.

Ahora todo es distinto. Los trenes están fríos, pareciera que hubieran perdido su alma, que sin duda la tienen o la tenían. Al entrar en ellos sorprende la ausencia de latidos, el ambiente gélido, el subir para bajar lo antes posible, el desear que ese viaje, ahora mayoritariamente obligado y casi nunca deseado, termine.

Creo que el culpable es el miedo. El temor al otro, al contagio, al virus, a encontrarnos en una situación que no podíamos imaginar y de la que luchamos por salir indemnes sin tener claro cómo hacerlo. Sabemos que debemos protegernos y proteger a los demás y solo en soledad podemos tener la seguridad de conseguirlo. A pesar de ello, somos seres sociales, necesitamos el calor, la cercanía, el tacto, la vida en común. Los trenes favorecían todo eso, nos hacían a los viajeros, perfectos desconocidos, partícipes de esas cualidades tan humanas. De ahí el vacío tan grande que causa subirse hoy a uno de ellos, donde el silencio manda.

Tienen mucho de literario los trenes, las estaciones, los vagones, los raíles y las máquinas que atraviesan campos y ciudades a toda velocidad, dejando el pasado atrás de un modo definitivo. Y son muchos los escritores que hacen referencia a ellos. Mi cita favorita es una de Ramón Gómez de la Serna: “Entre los carriles de las vías del tren crecen flores suicidas”. La naturaleza, la vida, busca la manera de sobreponerse a todo y esto también pasará.

Foto: Austin Wade


Etiquetas: , , , , , , , , , , , ,

Deja tu comentarioEnviado por: Sandra Sánchez

Post Anterior