Twist and shot

9 enero 2018

La soledad infinita

Hace un tiempo Amanda decidió quedarse sola por elección. Tenía una pareja estable, pero no le llenaba en absoluto. Algo (todo) fallaba, por lo que tras mucho pensarlo rompió la relación y se quedó exactamente así, sola. Muy pocos días después y sin esperárselo empezó a reconocerse. Notaba que estaba viviendo una transformación interna; también externa, la verdad, todo lo interno se refleja en nuestra piel, nuestro rostro, nuestra luz. Y esa transformación la estaba convirtiendo, de nuevo y después de muchos años, en ella misma, como en una metamorfosis mágica pero real. Fue entonces cuando se dio cuenta de que antes había sido otra. Y de que eso era lo que en realidad había fallado en su historia de amor. Se había dejado llevar por la corriente, por la inercia, por las convicciones y hasta por los gustos del otro y se había olvidado de ser ella misma.

Pero su esencia es muy fuerte, tanto que le hizo reaccionar para volver a encontrarse. Aun así, cuando una tarde en su casa cerró el libro que estaba leyendo y se quedó mirando la puerta cerrada de su habitación, sintió una leve nostalgia. Y tuvo una revelación, se dio cuenta de que la soledad, no por ser elegida es menos soledad.

En ese momento se sintió triste, una melancolía oscura la invadió y no veía la forma de quitársela de encima. Iba al trabajo solo porque era su obligación, como una zombie, se olvidaba de hacer la mitad de las tareas cotidianas, evitaba hablar con su familia, con sus amigos, no planeó nada para las vacaciones de Navidad… Intentó ponerle remedio y por eso hizo meditación. También escuchaba podcasts de atoayuda al caer la noche, tomaba infusiones de todo tipo, cuyas propiedades, según los prospectos eran espectaculares. Pero nada funcionó.

Pasó el diciembre más triste para Amanda y comenzó un nuevo año. No tenía claro cómo sería, ni siquiera quiso dedicar mucho tiempo a pensar en ello. Sí se propuso un único objetivo, escoger bien sus lecturas, buscar a autoras (era una etapa en la que necesitaba leer a mujeres) que pudieran enseñarle cosas, mostrarle caminos, darle pistas que le ayudaran a entenderse mejor. Y fue así como a principios de enero llegó a Clarice Lispector. La escritora brasileña supuso un auténtico shock emocional para Amanda. La leía con los ojos abiertos como platos, se veía reflejada en cada uno de sus párrafos; tal era el grado de identificación con ella que pensó que le enviaba un mensaje directo desde algún lugar desconocido pero que sin duda existía y en el que era feliz.

Clarice (empezó a referirse a ella con su nombre de pila, con confianza) nació con una misión. Su madre estaba enferma y entonces existía en Brasil la superstición de que si una mujer enferma se quedaba embarazada ese hijo la curaría. No sucedió así en el caso de Clarice y su madre falleció. Ella, desde entonces, desde la cuna, sintió una soledad infinita que le acompañó durante toda su vida y que Amanda entendía muy bien, porque también a ella le pesaba. Era la soledad de “no pertenecer”. De no formar parte. Da igual que en el caso de Amanda fuera una soledad elegida y no impuesta, como la de Clarice. La sensación era la misma. Amanda tenía tanto que dar que no podía limitarse a permanecer sola un día tras otro hasta el final de sus días. Su energía, su fuerza, su amor, le pedían a gritos ser liberados, entregados, compartidos. Y la ausencia de respuesta se manifestaba en forma de melancolía.

Dicen que conocer que existe un problema e ir hasta su raíz es el primer paso para solucionarlo. Por eso hoy Amanda se siente algo mejor. Quiere compartir alegrías, dejar de dar brazadas en un océano eterno, no pasar más ese frío inespecífico que se cuela en sus huesos por sorpresa y se instala en su cuerpo para quedarse a vivir en él. Hoy hace una temperatura insoportable en Madrid, pero Amanda ha salido a cenar fuera. Está sola, pero más tranquila. Porque sabe que después del invierno sólo puede llegar el calor.

Foto y ©: Bewakoof


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6 ComentariosEnviado por: Sandra Sánchez

2 enero 2018

Cosas que no espero de 2018

La tarde/noche del día 1 hablaba con mi amigo Chema por teléfono.

– No sé, Chema, me da mala espina este año. Siento un mal feeling, no puedo evitarlo, está ahí. No me gustan los años pares.
– Déjate de tonterías. Yo ni me planteo si un año va a ser bueno o malo. Porque no lo sabemos, no tenemos ni idea. Tú puedes seguir haciendo balance de algo que aún no ha pasado, pero yo paso.
– Muy bueno lo de hacer balance de algo que no ha pasado. Una vez Bor (otro amigo) me dijo algo parecido: “¿tú cuando lees un libro que te mola vas a la última página? No, ¿verdad? Vas leyendo la historia hasta llegar al final. Pues ten también respeto por la autora de tu vida, que eres tú y no quieras ir por delante de lo que toca”.
– Bravo por Bor. Muy acertado. ¿Sabes qué te digo? Que yo, en vez de pensar en lo que espero de este año prefiero tener claro lo que no espero de él.

Esta última idea se quedó rondando por mi cabeza cuando colgué. Y después de pensar que está genial seguir hablando por teléfono con los amigos en los tiempos que corren, me puse a darle vueltas a qué es lo que no espero de este año. Aquí va mi lista, os invito a hacer la vuestra, porque es un ejercicio muy liberador.

De este año no espero:

1. Que me toque la lotería del Niño. ¿Os imagináis que me toca? Podría ser, porque llevo el número del trabajo. Pero mejor no contar con ello, así si sucede la locura será máxima y si no pues no pasa nada, porque no habré malgastado ni media neurona pensando qué haría con la pasta.
2. Viajar a Tokio. Este es un sueño de toda la vida, conocer Japón, caminar por las avenidas abarrotadas del barrio de Shibuya, pasear después por algún jardín zen en absoluto silencio, solo roto por algún pajarillo exótico, visitar el templo Sensoji, comer tallarines de un puesto callejero, montarme en el tren bala… Pero no tiene pinta de que vaya a contar con un mes libre para mí solita y… Bueno, si me tocara la lotería del Niño… No, no. Ya estoy incumpliendo el primer punto de la lista. Así mal. Japón tendrá que esperar y la parte buena es que así puedo seguir soñando con ese viaje.
3. Perder a las personas que quiero. Y esto no es negociable. No lo espero para nada y punto.
4. Que alguien venga a salvarme de mis propios problemas, por ridículos o grandes que sean. Así que de entrada tendré que lidiar con ellos solita a medida que se vayan presentando; si es que se presentan, que oye, igual todo va rodado.
5. Cambiar mi forma de ser. Una va haciéndose mayor y ya hay un buen puñado de años en la mochila; pero eso no significa necesariamente perder tu esencia. Si eres más Peter Pan que Wendy no hay por qué avergonzarse. Quizá no te entienda ni tu sombra, pero tendrás como amiga a Campanilla y eso no puede decirlo cualquiera.

Hasta aquí cosas con las que no cuento en 2018. Entonces, ¿qué? ¿Va a ser un año monótono y ya lo sé de antemano? Para nada, porque las soñadoras incurables siempre dejamos un espacio a lo imprevisible, a la sorpresa. Y la experiencia me dice que hago bien, porque lo inesperado de vez en cuando sucede. Así que un año más la razón tendrá que currárselo mucho si quiere ganar la carrera al corazón. Pero no adelantemos acontecimientos. El 31 de diciembre, en 363 días, nos contamos.

Foto y ©: Kinga Cichewicz


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6 ComentariosEnviado por: Sandra Sánchez

28 diciembre 2017

¿Tú conoces a un gato que se llama Cara Sucia?

La pregunta le pilló por sorpresa. “¿Tú conoces a un gato que se llama Cara Sucia?” “No”, contestó a la niña que esperaba atenta su respuesta. “Ah, qué pena”, dijo justo antes de darse media vuelta y echar a andar toda parsimoniosa, con las manos en los bolsillos.

Entonces, mientras la veía alejarse, también ella puso a resguardo sus manos, pues el fin de año estaba resultando más frío y borrascoso de lo que imaginaban, y empezó a pensar en los gatos de su vida. Pocos, muy pocos en realidad. Ninguno había sido suyo, no habían vivido con ella, quiero decir; pero sí se habían cruzado en su camino en momentos relevantes.

Recordó a un gato persa, precioso, el Mr. Universo de los gatos, si es que ese concurso existiera. Era de Fátima, una buena amiga de la niñez. Y a las dos les gustaba acariciar a aquel gato tan señorial y tan digno, admirar su belleza, del todo indiscutible. Por entonces las dos se sentían pequeñas, poca cosa, con prácticamente nada que ofrecer a la humanidad en su conjunto ni a su entorno en particular. E imaginaban cómo sería la vida siendo tan bonitas como su gato persa. Un día este desapareció. No salía de casa, si bien solía pasearse por el jardín, pero nunca mostró intención alguna de ir más allá de la frontera que suponía para él la pequeña valla de la entrada. Hasta que, como digo, desapareció. El estupor primero y la tristeza después fueron generalizados entre todos los que lo conocían. Y el horror fue tremendo cuando apareció varios días después magullado, sin un ojo y habiendo perdido la mitad de su sedoso pelaje blanco. Ese día todo fue dolor, pero los posteriores, con el gato cada vez más recuperado, las amigas sacaron conclusiones. El hecho es que seguían queriéndolo del mismo modo que antes, cuando su apariencia era deslumbrante. Quizá incluso más. Y descubrieron que el físico no lo es todo, ni mucho menos, y que igual ellas dos sí tenían algo que ofrecer a la humanidad en su conjunto y a su entorno en particular. También es verdad que el gato no pensó lo mismo. Consciente de su tragedia personal no volvió a levantar cabeza.

El segundo gato de su vida era de uno de sus primeros novios y se llamaba Morrissey. Y ella empezó a quererlo justamente por su nombre. Los nombres son importantes. Si te ponen uno bueno ya tienes mucho ganado y eso le pasaba a Morrissey. Él, como no podía ser de otra manera, era callejero. Tenía poquito pelo, parduzco, con rayas difusas, y unos ojos brillantes, que te clavaba cuando quería algo de ti. Tú podías estar de espaldas a él, viendo por ejemplo una serie hipnótica en el ordenador. Pero de pronto tenías que darte la vuelta porque notabas algo en tu nuca. Y ahí estaban, los ojos de Morrissey. De él aprendió que ser insistente es importante. Y que si quieres algo tienes que decirlo. No como hizo ella, que por no decir y por no hacer se quedó sin novio y sin Morrissey un día de diciembre frío y soleado de hace alrededor de un millón de años.

“¿Tú conoces un gato que se llama Cara Sucia?” La pregunta se la había hecho una de sus pequeñas alumnas. Porque ella aprendió las lecciones de sus gatos y ahora sabe que hay que ir con dignidad por la vida y tratar de conseguir lo que una se propone. Por eso se hizo maestra, que era su vocación desde niña. Y por eso ganó en confianza y le da lo mismo tener pareja o estar sola, mientras ella se sienta feliz, o al menos en paz consigo misma. Y aunque digan que la curiosidad mató al gato ella ahora corre en busca de su alumna. Quiere conocer a Cara Sucia, porque su nombre y su aspecto le intrigan. Y necesita saber qué nueva lección guarda para ella.

Foto y ©: Japhnet Mast


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3 ComentariosEnviado por: Sandra Sánchez

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