Twist and shot

7 enero 2020

Los mejores regalos

El 7 de enero es un día raro. Es como una jornada de resaca, pero sin poder quedarse en casa para pasarla como es debido. Se trata de un agujero negro, es ese abismo entre el final de las fiestas navideñas, de las vacaciones, y el comienzo de una nueva etapa, todavía por descubrir.

Sofía se despertó esa mañana sintiéndose así, extraña. Se dio una ducha rápida y se puso la ropa que había dejado preparada encima de la butaca de su habitación la noche anterior. Pantalón de vestir, blusa color crema y chaqueta oscura. Medias de cristal (vuelven a estar de moda) y mocasines de cuero negro. Con su taza de café en la mano, desde la cocina, de pie, echó un vistazo al salón: la guerra parecía haber pasado por allí. Quedaban restos de los regalos de Reyes por todas partes: bolsas vacías, papeles arrugados, y en una esquina un montón de paquetitos listos para ser cambiados en el famosísimo centro comercial de la ciudad. La fiesta había sido el día anterior y sin embargo en esos momentos a Sofía le parecía tan lejana…

No se veía con fuerzas, ni con tiempo, de poner un poco de orden en la casa, así que dio un último mordisco al roscón (¿cuándo aparecería la sorpresa?), apuró su café y salió pitando hacia el trabajo. Al llegar saludó con fingida efusividad a su jefa y tomó asiento frente a su ordenador. Primer problema: no recordaba la clave de acceso. Tecleó unas cuantas y cuando ya pensaba que tendría que llamar al compañero de la sección de informática, dio con la buena y su escritorio se abrió ante ella tal como lo había dejado el 21 de diciembre.

Pasó la mañana contestando emails pasados de fecha, en los que le felicitaban las navidades y le deseaban que le tocara el gordo de la lotería. Sonrió para sí misma pensando que ahí iba a estar ella si eso hubiera sucedido. A mediodía sonó la alarma en la empresa. Vaya día para poner en marcha un simulacro de incendio. Todos bajaron a la calle, los más temerosos a toda velocidad, los descreídos tranquilamente, después de recoger parsimoniosos sus carteras y sus abrigos.

Estaba fumando un pitillo frente a la entrada general, esperando que alguien diera el aviso para volver a entrar en las oficinas del edificio, cuando su móvil vibró en el bolsillo de su pantalón. Abrió el whatsapp y apareció una foto en la que se veía en plena naturaleza, de espaldas, con los brazos en alto y el pelo al viento, libre. La instantánea se la habían hecho sin que ella lo supiera, esas mismas vacaciones, en una escapada que surgió sin planearla, de un día para otro.

Pensó que le gustaría estar allí, en aquella montaña, bajo ese cielo lleno de nubes que amenazaban con dejar caer la lluvia de forma inminente. Y no tiene ni idea de cuánto tiempo pasó contemplando la foto y disfrutando del momento, como si de alguna manera volviera a encontrarse en aquel maravilloso lugar. Solo sabe que ahora se sentía nueva, llena de vitalidad.

Cuando quiso darse cuenta estaba sola en la calle. Los más de cien compañeros que la rodeaban se habían esfumado. Seguramente habían avisado de que ya podían volver a sus puestos de trabajo sin problema y ella no se había enterado. Metió el móvil en su bolsillo, se acercó al bar de enfrente a pedir un café para llevar y, este sí, le supo a gloria. Fue degustándolo con calma mientras subía las escaleras de la oficina, lista para lo que estuviera por llegar, sin miedo ni pereza alguna por lo que el nuevo año le fuera a deparar.

Los mejores regalos pueden llegar cualquier día, incluso el 7 de enero, cuando ya nadie los espera.

Foto: Yingchou Han


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1 comentarioEnviado por: Sandra Sánchez

11 diciembre 2019

Le Pavillon

Convaleciente, leyendo artículos viejos sobre el feminismo y echando mano a cada rato de su taza de té. Así pasaba la mañana de un día de lluvia entre semana Silvia, mientras el mundo giraba a su alrededor y ella se mantenía ajena a él, aislada en su pequeño, mínimo, universo interior.

Quería sentirse cerca de aquellos textos, compartir sus tesis, pero no lo lograba. Su idea del feminismo era otra y nada tenía que ver con aquella lucha encarnizada que utilizaba un lenguaje ‘hipermasculino’ para hacerse oír.

De repente sonó el teléfono. Llamaban de la compañía de seguros. Le comunicaban que el año estaba acabando y que en 2020 la tarifa de su póliza subiría un 4%. ¿Le parecía bien? ¿Qué podía contestar? No, por supuesto que no. Prefería seguir pagando lo mismo, qué demonios, quisiera pagar menos. Pero qué alternativa había… ¿Cambiaría algo si decía que no? Así que no perdió el tiempo, le dijo a la comercial que ok y colgó en cuanto le fue posible.

Cogió un libro al azar de entre la montaña de ellos que esperaban ser leídos. Era pequeño, de relatos, y la autora era Natalia Ginzburg. Una apuesta segura. Comenzó a leer a su italiana favorita y eso le proporcionó una calma prácticamente inmediata. Sus descripciones de Londres; su amor confeso por la comida cuando esta es de verdad, rica, natural, sabrosa; la naturalidad con la que habla de temas comunes, de unos zapatos que acaba de comprar, del apartamento de su amiga, del frío que siente a veces sin motivo.

Silvia mira por la ventana y primero levanta la vista hacia el cielo. Tiene un color impreciso, a medio camino entre el gris, el plata y el blanco, sin ser ninguno de ellos. Después va bajando la mirada y se encuentra con las ramas desnudas de los árboles, melancólicas de las hojas que acaban de perder. Bajo ellas, la calle, vacía a esas horas, donde todo el mundo está en sus trabajos o en sus casas, enfrascados en sus labores cotidianas. Y en frente, Le Pavillon. Un restaurante francés al que nunca ha entrado. Tiene una entrada barroca y rimbombante, pero sin embargo su nombre está escrito en letras diminutas, como si se arrepintiera de llevarlo. A Silvia le inquieta ese detalle y tiene curiosidad por saber quién y por qué se lo puso. Ella imagina el pabellón de un hospital de principios del siglo pasado. Una gran sala en la que se reúnen sin quererlo heridos de guerra, cuidados por enfermeras atentas, jóvenes o de mediana edad, todas ellas muy ocupadas. Entran y salen cargando con sábanas limpias, vendas, jarras llenas de agua tibia y frascos de medicamentos que lo impregnan todo con su olor. Ellos, los combatientes, agradecen en silencio su atención, asintiendo o acariciando un segundo sus manos cuando se acercan a sus camas de hierro.

Sumida en ese pensamiento se transporta a otra época y a otro lugar, y no sabe cuánto tiempo pasa en él. Solo regresa al presente cuando la alarma de su móvil se pone en marcha. Es hora de tomar su medicina. Le Pavillon, ese magnífico restaurante, tendrá que seguir esperando. Como esperan los árboles volver a ser poblados por las hojas. Quizá el año que viene, total, ya no puede tardar mucho en llegar.

Foto: Brooke Cagle


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2 ComentariosEnviado por: Sandra Sánchez

27 noviembre 2019

Dos amigas en noviembre

En la oscuridad del final del otoño se puede encontrar la felicidad más luminosa. La vida está llena de paradojas y esta es solo una de ellas. Cuando Celia se pone a pensar sobre ello se le ocurren un montón de ejemplos que lo demuestran.

Terminaba noviembre y ella se sentía la mujer más afortunada del mundo. Tenía un trabajo que no odiaba (dejémoslo ahí), un novio al que quería y que la quería, una familia sana y todo lo unida que hoy día cabe esperar… Y con ese ánimo despertó la mañana del 27. Salió a la calle y le pareció que el día era reluciente, a pesar de que llovía. No se percató de la gente que corría malhumorada hacia la parada más próxima del transporte público para acudir, un miércoles más, a su rutina laboral.

Celia abrió su paraguas amarillo y fue dando un paseo hasta la cafetería de su calle, donde pidió un café solo para llevar y, por qué no, dos croissants recién hechos. Mordisqueaba uno cuando algo llamó su atención: una moneda la llamaba desde el empapado asfalto. Se agachó a recogerla y su frente chocó con otra frente. Después del susto inicial clavó la vista en la chica que también iba a coger aquel euro y su sorpresa fue mayúscula. Era su mejor amiga de la infancia, a quien llevaba unos 15 años sin ver.

No pudo pararse a charlar con ella en ese momento, llegaba tarde a la oficina. Pero quedaron en verse esa misma noche justo en aquel lugar. Tomarían algo y se pondrían al día.

Celia pasó la mañana pensando en su vieja amiga. La habría reconocido en cualquier parte… y sin embargo, qué cambiada estaba. Su melena castaña era ahora una manta blanca, como la que se posa en las montañas cuando el frío es atroz. También le inquietaba su mirada, intensa pero ausente. ¿Tendría problemas? Siempre había sido una niña de éxito, tanto curricular como social, era de esas personas que tenían estrella; o eso le había parecido a Celia.

A mediodía recibió una llamada. Era Paloma, la única amiga del colegio con la que seguía en contacto. Le sorprendió, pues llevaban un par de meses sin hablar. Dedicaron la hora de la comida a charlar por teléfono y contarse sus últimas novedades. Celia le comentó que esa misma mañana había visto a aquella chica de clase tan brillante, a Lucía. Y el silencio se hizo al otro lado de la línea. “Pero no es posible, Celia, Lucía murió el invierno pasado. Envejeció de repente, la vida le trató mal y se hundió, se vino abajo. Sus padres se la llevaron a la montaña, donde tenían una casita, para ver si en la naturaleza y respirando aire puro se recuperaba. Pero eso no pudo ser”.

Celia contó cada uno de los minutos que quedaban para la hora de la cita. Salió corriendo del trabajo y llegó al lugar antes de tiempo. Esperó y esperó, cada vez más angustiada, pero nadie llegó. Encontró, eso sí, la moneda que aquella mañana, tras el choque, ninguna de las dos había recogido. Brillaba de un modo espectacular, como una estrella.

Foto: Anton Malanin


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