Twist and shot

24 mayo 2021

Ocho años después…

Recuerdo como si fuera ayer aquel 13 de febrero de 2013. Fue el día que se estrenó Twist and shot en Elle. Para mí, un día feliz, ilusionante, en el que empecé a publicar mis pequeñas historias y pensamientos junto a preciosas fotos y canciones escogidas y la respuesta, desde el minuto uno, fue genial.

Hoy, ocho años y pico después (y con más de 200 relatos en la mochila) llega la hora de despedirse. La web cierra sus blogs en unos días y no he querido esperar hasta el último minuto para decir adiós. O hasta siempre, que me gusta más.

Durante este tiempo ha pasado de todo; lo último, qué os voy a contar, una pandemia mundial. Y Twist and shot para mí siempre ha sido un alivio, un amigo al otro lado, un desahogo. Tras escribir las entradas, siempre me he sentido mejor que antes de sentarme frente al ordenador, eso ya vale mucho. Pero lo mejor, sin duda, habéis sido vosotros, los lectores. Muchos, personas desconocidas que se han convertido, con el paso del tiempo, en amigos. La buena onda que he recibido por vuestra parte ha sido inmejorable, un chute de energía semanal que no puedo más que agradecer. Os doy las gracias a todos, porque en estos tiempos de haters, no recuerdo un solo mensaje negativo, porque todo vuestro feedback ha sido amable y cariñoso, porque nos hemos hecho una compañía mutua impagable.

Por otro lado, quiero acordarme especialmente de Amaya Ascunce, la jefa de todo esto, por darme en su día la oportunidad de abrir Twist and shot, gracias de corazón. Ha sido una experiencia larga y creativa que me ha hecho muy feliz.

Me preguntan si voy a trasladar el blog a otro lugar, si voy a seguir escribiendo… Lo segundo, seguro y os mantendré informados por mis redes. Pero lo primero no. Me gustan los caminos que empiezan y terminan y este es un final, aunque de ninguna manera triste, solo algo melancólico quizá.

Finalizar una aventura significa también la oportunidad de comenzar otras, todo son ciclos, así lo creo. Como dijo alguien: No estés triste porque terminó, sonríe porque llegó a ocurrir. Gracias y besos a todos.

Fotos: Matt Jones y Jesús Elorriaga


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3 ComentariosEnviado por: Sandra Sánchez

7 mayo 2021

Una mañana o una eternidad

Antes de abrir los ojos ya percibió un aroma que le hizo sentir bien. Las flores de los árboles de la primavera habían estallado definitivamente y el paisaje había cambiado de la noche a la mañana.

Sira se puso en pie, contempló sin ninguna prisa el espectáculo natural que le rodeaba. No solo eran los árboles en flor, también era el trino de los pájaros, el azul intenso del cielo, completamente despejado, que inundaba sus retinas por completo y casi, paradójicamente, la cegaban.

Nada malo podía pasar en aquel lugar, de eso estaba segura. Comenzó a andar despacio, tomándose su tiempo, deleitándose en cada visión, cada sonido, cada aroma. El murmullo de un río iba haciéndose cada vez más evidente y hacia él se dirigió. El agua corría clara y fresca, cantarina. Sira se mojó las manos primero, después la cara y tampoco pudo resistirse a descalzarse y meter los pies en el río. El primer impacto dio paso en seguida a una sensación de alivio placentero. Qué relax, qué descanso tan inmenso.

Le gustaba tener la capacidad de ser consciente de los momentos de felicidad y se recreaba en ellos. Este era uno de los más potentes que había vivido últimamente, donde la tónica habitual había sido el ruido y la oscuridad.

Alzó la vista del agua y una sombra en movimiento llamó su atención. Se fijó un poco más y descubrió que se trataba de un ciervo. La miraba analizándola, o eso le pareció a Sira. Como tratando de dilucidar si se encontraba ante una amiga o no. Ella sonrió y se quedó inmóvl. El ciervo, tras pensárselo un poco más, se acercó despacio hasta la orilla, bebió y tras lanzar una mirada a Sira, dio media vuelta y desapareció de su vista en cuestión de segundos. Parecía feliz. Ella, desde luego, lo estaba.

A lo lejos, otro sonido, esta vez más estridente. Frunciendo el ceño, intentó identificar de qué se trataba. No tardó mucho en averiguarlo. Sin duda eran máquinas para talar árboles, motosierras feroces, más de una y de dos, un buen puñado de ellas haciendo su trabajo sin piedad.

Ese sonido le sacó de su estado. Volvió a abrir los ojos y ahora se encontraba en su cama, ya había amanecido y el despertador estaba a punto de sonar. En la calle, las obras del ayuntamiento seguían su curso y las taladradoras volvían a estar a pleno rendimiento en su guerra contra el asfalto.

Miró el móvil. Sesenta llamadas y mensajes. Todos ellos perdidos. Y así seguirían.

Foto: Eugene Zhyvchik


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2 ComentariosEnviado por: Sandra Sánchez

26 abril 2021

En espera

Aquella mañana se levantó temprano, se dio una ducha rápida, estimulante, que le dio la energía necesaria para encarar el lunes con la mejor actitud.

Se vistió de forma desenfadada, cómoda pero con un toque de estilo. Estar en casa no iba a suponer que se relajara en este sentido más de la cuenta. Desayunó a capricho. Que si zumo de naranja, que si tostada con aguacate, café solo… De lujo, así le sentó.

Estaba contenta y ya lista, se colocó frente a su mesa de trabajo, teléfono y ordenador en mano, dispuesta a hacer las tareas burocráticas que tenía pendientes y a quitárselas de encima cuanto antes para dedicarse a asuntos más importantes. Buscó en su agenda el número de teléfono al que tenía que llamar y lo marcó en el móvil. Saltó directamente un contestador automático: «Bienvenido, en estos momentos nuestras líneas están ocupadas, estamos atendiendo otras llamadas. Manténgase a la espera, por favor». Vaya, no era un buen comienzo. Pero no significaba nada, siguió intentándolo.

Era de esas personas que no pueden pasar a la siguiente cosa sin haber finiquitado correctamente la anterior. Con lo cual, a la tercera vez que realizó la misma llamada con idéntico resultado, empezó a inquietarse.

Se revolvió en su asiento, se levantó, fue a la cocina y se preparó un segundo café, esta vez con leche. Volvió a marcar y después de pasar 4 minutos y 55 segundos de espera, sonó el tono de llamada. Guau, ahora sí había logrado conectar, un ser humano al otro lado de la línea le saludaría en cualquier momento.

No fue así. Tras ocho tonos sin respuesta, se cortó la llamada.

Se quedó mirando el móvil, perpleja. La mañana avanzaba y ella no solo no podía realizar su gestión, sino que no podía hacer nada más y las horas seguían corriendo y corriendo, ajenas a sus circunstancias.

No era posible presentarse en el lugar físico de las oficinas en las que tenía que poner en orden sus asuntos, solo atendían con cita previa y la cita previa solo la facilitaban por teléfono, ese al que estaba llamando.

Se fue a dar un paseo para despejarse, con el móvil a cuestas por si conseguía contactar en la calle. Volvió a casa, se preparó la comida, realizó dos o tres intentos más. Estaba realmente agobiada. El almuerzo le sentó peor que mal, como no podía ser de otra forma.

Tanto trabajo por hacer y sin poder ponerse a ello. Fregó los platos, puso la lavadora, planchó… Cada vez se sentía más y más nerviosa, porque había hecho más de 20 llamadas y el resultado siempre era el mismo: nulo. Empezó a desvariar. ¿Y si alguien se estaba riendo de ella? ¿Y si se había acabado el mundo y era la única superviviente? ¿Por qué no conseguía hablar con nadie? Y la última, ¿se estaba volviendo loca?

Al final de la tarde hizo un último intento, ya por pura inercia. Se sentía sola, desesperada y se movía por la casa como ausente, totalmente alienada. Tras los 4 minutos y 55 segundos de espera, sonó el tono de llamada y esta vez se escuchó al otro lado del teléfono: «Buenas tardes, ¿en qué puedo atenderle?» Ella, sorprendida, se quedó mirando al móvil y, sin entender qué estaba pasando ni por qué había llamado a aquel sitio, colgó.

Foto: Reid Naaykens


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