Twist and shot

15 noviembre 2018

La chica del autobús

Era un día más o un día menos en aquella ciudad de Japón. El bullicio propio de la media tarde recorría sus calles, atestadas a esas horas de gente deseando llegar a sus apartamentos para olvidarse de la jornada de trabajo hasta mañana.

Mientras él conducía, o trataba de hacerlo, pues el tráfico era infernal, giró su mirada hacia la derecha y ahí, desde su coche, contempló una imagen en el autobús. Era algo borrosa, el reflejo de ambos cristales, el vaho del interior del vehículo, le impedían ver con claridad. Pero sin embargo, no podía quitar la vista de allí, de aquella chica. Era joven, pero de edad imprecisa. Miraba hacia el infinito, parecía cansada, y con su brazo derecho se agarraba a la barra del autobús como el que se aferra a una tabla en medio del mar.

El conductor volvió a su mundo cuando los coches detrás de él le iluminaban con sus luces, avisándole de que había vía libre y podía seguir conduciendo. Así lo hizo, con cierto fastidio, la verdad, porque se hubiera quedado toda la vida observando a aquella chica.

Esa misma noche soñó con ella. Y en el sueño él mismo era su punto de agarre, de seguridad, de salvación. Ella se mostraba frágil, apenas pronunciaba unas cuantas palabras y cuando lo hacía, era casi en susurros, en un tono tan bajo que él no lograba comprenderlas. Cuando ella, de apariencia tan frágil, le abrazó con fuerza, la impresión fue tan fuerte que se despertó.

Al día siguiente, a la vuelta del trabajo, no quería reconocérselo a sí mismo, pero la buscaba. Estuvo a punto de chocar un par de veces con el coche de delante mirando hacia todas partes, buscando algún autobús en el que ella pudiera viajar. Miraba a toda velocidad y con toda la atención posible en su interior, para ver si la encontraba. Pero parecía imposible. En la ciudad viven casi tres millones de personas, hablamos de Japón, y del mismo modo que nunca se había cruzado con ella hasta el día anterior, lo más probable es que no volviera a hacerlo jamás.

Este pensamiento le causó una gran desazón, empezó a sentirse mal. No quería resignarse a no verla de nuevo, sentía que iba a pasar, que iban a encontrarse, porque tenía que ser así, algo en su interior se lo decía a gritos. Al llegar a casa, después de darse una ducha rápida se metió en la cama con el deseo de volver a soñar con ella. Nada sucedió, fue una noche en negro absoluto, sin sueños. Y al despertar se encontró muy triste.

Era ya viernes, último día laborable de la semana, última oportunidad de la misma para tratar de coincidir. Decidió dejar el coche en casa, era una locura conducir por la ciudad, ni siquiera sabía por qué lo había estado haciendo hasta ahora. Se subió en la estación de Nankō y recorrió toda la Midosuji, la línea roja, hasta llegar a su oficina. Mientras lo hacía, mientras era empujado dentro del vagón por decenas, por cientos de ciudadanos trajeados camino de sus puestos de trabajo, de sus citas médicas, de la rutina que les marcara a cada uno de ellos aquel día, de repente se estremeció. Cayó en la cuenta de que todo el mundo se mueve de un lado a otro en tren. Porque no hay autobuses en la ciudad.

Foto: Nuria Cabrera


1 comentarioEnviado por: Sandra Sánchez

29 octubre 2018

La casa de la montaña

Una casa construyéndose en la ladera de una montaña. Los trabajadores quieren terminarla a toda prisa. Se acerca el frío, las lluvias del otoño, sí, pero más allá de eso, algo los empuja a trabajar más activamente de lo normal, con más premura. Una especie de presentimiento que no saben bien de dónde viene ni qué les quiere indicar, y del que tampoco hablan entre ellos, se apodera del ambiente.

Los propietarios de la casa también están deseando que termine su construcción, pero por el motivo opuesto, están locos por entrar a vivir en ella, por comenzar una nueva etapa. Sienten que lo mejor está por llegar, que algo bueno les espera, que una nueva oportunidad empieza a abrir su puerta para ellos.

Los días avanzan veloces para la mayoría de la gente y lentos como tortugas para los obreros y para los dueños de la casa. Pero por fin llega el día en el que el jefe de obra entrega las llaves a estos últimos y, en cuestión de minutos, los camiones, los coches, la grúa y los contenedores que durante semanas ocuparon la entrada del lugar, desaparecen sin dejar rastro, como si nunca hubieran estado allí.

La pareja que recibe las llaves está perpleja y feliz. Lo primero por ver cómo ha cambiado el paisaje así, de repente; y lo segundo porque por fin pueden entrar en su casa y, si quieren, quedarse esa misma noche en ella. No lo hacen, quedarse a dormir, simplemente comprueban que todo está en orden, se hacen fotos sonrientes en cada habitación, abren una botella de champán y brindan en la terraza con vistas a la montaña. Ebrios de burbujas y de ilusión regresan a la gran ciudad, a la espera de volver e instalarse definitivamente allí en unos días.

La semana siguiente organizan una fiesta. Hay que inaugurar la casa y para ello invitan a sus amigos, a su familia y comparten su alegría, porque si no, como que no es tanta alegría y no merece la pena. Esa noche sí se quedan por fin a vivir en su nuevo hogar, y desde su puerta despiden cansados y felices a los invitados que se alejan en sus coches.

El agotamiento les impide dormir. A veces pasa. Uno está tan extenuado que a pesar de que lo que más quiere y necesita es descansar el sueño no llega. Se ha pasado de rosca y no hay nada que hacer, solo cerrar los ojos, asumirlo y esperar tranquilo a que amanezca.

Cuando lo hace, el ambiente es helador. Probablemente algún invitado dejó alguna ventana abierta en el piso principal y cuando bajan del dormitorio notan cómo se le mete en los huesos. Por más que comprueban que no hay puertas ni ventanas abiertas, que caldean la casa y se aseguran de que los radiadores están funcionando a tope, el termostato no muestra ninguna subida de temperatura, porque no la hay. La pareja empieza a inquietarse. Ya no parecen tan felices, se miran intentando encontrar algo divertido a la situación, pero no lo consiguen y el frío cada vez es más intenso.

Abrigados con sus chaquetones de invierno, que no pensaban utilizar hasta pasados unos meses, y que desde luego no imaginaban que tendrían que llevar dentro de la casa, se acurrucan en sendos sillones frente a la chimenea. Aunque está encendida y ven cómo la leña arde, parece de pega, no calienta nada. Miran de nuevo el termostato, anclado en su temperatura heladora. Deciden no obsesionarse, será cuestión de unas horas que la casa vaya cogiendo calor. Y cambian de tema. Hablan de la fiesta, de lo guapa que iban las invitadas, de lo mucho que bebió aquel amigo que siempre daba la nota… Qué frío hace. Para tratar de ahuyentarlo deciden ver las fotos del primer día, las que hicieron copas de champán en mano para celebrar su nueva vida. Van repasándolas y en todas ellas encuentran algo extraño. No es que se vea nada en concreto, es una sensación, la de una presencia que los acompaña, que desde luego no debería estar allí.

Cuando llegan a la fotografía que se hicieron en el piso superior, en la terraza, el frío se hace de repente más intenso. Instintivamente suben las escaleras abrigados hasta las cejas y salen a ese mismo escenario en el que sacaron la fotografía. Ahí descubren que la montaña los mira. Les ha estado mirando en todo momento, tanto a los trabajadores que la construyeron y que tantas ganas tenían de abandonarla, como a ellos ahora. Su mirada no procede de unos ojos, no saben el punto concreto desde el que llega hasta ellos. Pero lo hace, y los traspasa. No quiere que estén allí, son unos intrusos que no han pedido permiso para instalarse. Al menos no a ella, dueña y señora del lugar. Y si no se marchan, y rápido, por decisión propia, ella se encargará de que este año nieve antes de tiempo, con riesgo de alud incluido.

Foto: John O´Nolan


5 ComentariosEnviado por: Sandra Sánchez

3 octubre 2018

Octubre, un día entre semana

Un anochecer más, en medio de la semana. Podría ser un día cualquiera; es, de hecho, un día cualquiera. La casa vacía, la ventana abierta y sobre el alféizar una trompeta gastada por el uso. La mesa de trabajo, llena de todo tipo de objetos y de fotos, estas últimas no gastadas, pero sí tan lejanas que las caras que sonríen desde ellas le parecen ajenas.

Deja de mirarlas para sentarse en la cama y centrarse en la pantalla del ordenador. Abre un documento nuevo y empieza a teclear sin ton ni son. Nada de lo que escribe tiene sentido, y eso le sorprende un poco, pero no le importa mucho. Esperando que lleguen las musas pone algo de música y empieza a sonar de fondo un piano. Sus notas de blues se mezclan con los sonidos que vienen de la calle, el ruido del tráfico, niños jugando a voz en grito, y, de pronto, una especie de gong que sorprende a sus oídos de vez en cuando, cada tres o cuatro días, pero que no tiene ni idea de dónde puede proceder.

Camina descalza por la casa, sin nada en mente mas que el deseo de que alguna historia, pequeña o grandilocuente, sencilla o vibrante, acuda a ella. Pero nada. Regresa sin embargo a la llamada de la luz azulada de su pantalla. Ya es noche cerrada y a través de la ventana el único ruido que permanece es el de los coches al pasar. Mira al cielo, las estrellas luchan contra la polución y de momento ganan, porque ella puede verlas.

Piensa, con los dedos sobre las teclas, que ha comenzado octubre, el mes de las escritoras. Sí, al principio no tenía claro que le gustara la idea de que se dedicara un mes a darles cancha, porque podría parecer que el resto de los meses del año está bien dedicarse por completo a los autores masculinos. Pero ahora sabe que sí, que le gusta esta acción. En octubre, desde hace un par de años está en marcha la iniciativa #LeoAutorasOct. Surgió en Twitter entre algunas devoradoras de libros y consiste en dedicar el mes de octubre a leer y a recomendar únicamente libros escritos por mujeres. Es una forma bonita de dar más visibilidad a la literatura escrita por ellas, siempre en desventaja, como en tantas otras materias.

Y por una noche decidió no escribir, ya que las musas definitivamente no llegaban, y sí leer. Echó un vistazo a su librería, pensó en los libros que recomendaría. Vio ‘El cuento de la criada’, de Margaret Atwood, ‘Una habitación propia’, de Virginia Woolf, ‘A propósito de las mujeres’, de Natalia Ginzburg, ‘Jane Eyre’, de Charlotte Bronte, ‘Apegos feroces’, de Vivian Gornick… Y el que tenía a medio leer sobre su mesa, ‘Con rabia’, de Lorenza Mazzetti, una pseudoautobiografía de esta italiana, que vivió una infancia terrorífica junto a su hermana gemela en la Italia de los años 30 del siglo pasado.

Todo el mundo debería leer a estas mujeres, pues en sus libros reflejan la esencia del universo femenino, con muchos de sus matices, que son quizá infinitos. Leyéndolas una se identifica a veces, se sorprende otras, aprende siempre.

Mientras daba vueltas a estas ideas, recordó un poema perfecto, que resumía el potencial femenino, su poder enorme, inconmensurable a través de la escritura. Es obra de la argentina Alfonsina Storni, se titula ‘Un lápiz’.

Por diez centavos lo compré en la esquina
y vendiómelo un ángel desgarbado;
cuando a sacarle punta lo ponía
lo vi como un cañón pequeño y fuerte.

Saltó la mina que estallaba ideas
y otra vez despuntolo el ángel triste.
Salí con él y un rostro de alto bronce
lo arrió de mi memoria. Distraída

lo eché en el bolso entre pañuelos, cartas,
resecas flores, tubos colorantes,
billetes, papeletas y turrones.

Iba hacia no sé dónde y con violencia
me alzó cualquier vehículo, y golpeando
iba mi bolso con su bomba adentro.

Foto: Nicole Honeywill


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3 ComentariosEnviado por: Sandra Sánchez

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