Twist and shot

13 febrero 2020

¡7 años!

– ¡Venga, lánzalo ya!
– Voy, voy… Hecho, está publicado.

Y así empezaba hace hoy siete años, a eso de las 20 h, una aventura que en una primera etapa fue cosa de dos y pocos meses después solo mía. A lo largo de este tiempo he volcado en este blog un montón de inquietudes, de pensamientos, de reflexiones y de ideas locas en forma de historias; de relatos a veces más ficcionados y a veces menos, pero que siempre tenían que ver con lo que pasaba por mi cabeza o por el momento que vivía.

Recuerdo que Twist and shot echó a rodar un 13 de febrero un poco por llevar la contraria, para no salir el día de San Valentín, tan manido, y también para rendir un homenaje al 13, ese número para muchos de mala suerte, como una forma de inocente rebeldía. Me acuerdo también de que en esa fecha escribí a un montón de gente y de medios para pedirles que se hicieran eco del blog, con toda la falta de vergüenza que da la ilusión por un nuevo proyecto. Y salí en la radio, fue la primera vez que me hicieron una entrevista (la he buscado, pero la emisora ya no está en activo y no doy con el podcast). Unos meses después me escribieron de Radio 3 para contarme que les gustaría leer y emitir uno de los relatos, ¡qué ilusión ese momento nocturno! Ese documento sí está aún disponible.

Pero eso fue el principio, después vinieron un montón de cosas más, entre ellas la publicación de mi primer libro, ‘Preferiblemente vivas‘, cuya idea se gestó aquí, en este blog, animada por los lectores, vosotros, de los que siempre me han llegado mensajes positivos. Ya a finales de 2016 llegó el segundo, ‘Los lugares rotos‘, y con él otro paso más en este camino que se va haciendo poco a poco y que está lleno de sorpresas que espero y estoy segura de que continuarán.

Hoy quería sobre todo recordar con vosotros estos siete años, brindar por ellos, y agradeceros enormemente la compañía. Sin ella, habría sido imposible. El faro está siempre encendido. ¡Gracias y seguimos!

Foto: Will Wilson


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7 ComentariosEnviado por: Sandra Sánchez

6 febrero 2020

Sueño y realidad

La mirada de Rosa se dirigía de izquierda a derecha, sin decidirse por el lugar en que fijarse. Dos caminos se abrían a cada lado y uno de ellos parecía oscuro y misterioso, mientras que en el otro todo era luz. Se decantó por el primero, el segundo le hizo pensar en la muerte, en eso que dicen los que regresan de ella de que se ve un túnel iluminado. Quita, quita. La oscuridad parecía más prometedora.

Empezó a caminar retirando a su paso ramas y matorrales que amenazaban con rasgar su piel y dejarla allí enganchada. Su único objetivo era seguir adelante. Y así lo hizo. Perdió la noción del tiempo hasta que un cuervo ruidoso la llamó a gritos. Sus graznidos eran ensordecedores, realmente molestos, y Rosa levantó la vista hacia el ave con gesto amenazador. Solo hay sitio para uno de los dos en este bosque negro. El cuervo puso punto en pico y levantó el vuelo hasta desaparecer. Rosa anduvo y anduvo sin rumbo y sin sendero sobre el que pisar, era ella misma la que iba abriéndose camino por puro instinto. De pronto, una especie de paraíso se abrió ante sus ojos. Cascadas, cielo abierto, flores de colores y aves tropicales por todas partes. Aquello respiraba naturaleza y belleza en estado puro. Sin pensárselo dos veces se acercó hasta el pequeño lago sobre el que caía el salto de agua, se quitó la ropa y se dio el baño de su vida. La temperatura era perfecta, ligeramente cálida, y después de nadar un buen rato dejó que el torrente de agua cayera sobre su cabeza y su cuerpo. El bienestar fue aún mayor, como si le estuvieran dando un masaje integral, como si se purificara entera, de arriba abajo.

Salió de allí desnuda y renovada, nunca se había sentido mejor. Se tumbó al sol y notó cómo el astro se iba encargando de secar, poco a poco, la gotas que relucían sobre su piel. ¿Habría algún placer mayor que ese?

Sonreía cuando el despertador empezó a sonar enloquecido para indicarle que ya eran las 7 de la mañana. Abrió los ojos y decidió que su sueño no quedaría en eso, sino que se haría realidad, le daría algún significado. Se dio una ducha y se recreó en ella más de lo estrictamente necesario; desayunó tomándose también su tiempo y salió de casa dispuesta a hacer lo que no se había atrevido hasta ahora. Al llegar al trabajo la recepcionista la felicitó por su buena cara (¡hoy estás espléndida!). Le devolvió el cumplido, entró en el ascensor y subió a la séptima planta, la zona noble de la empresa. No había estado nunca allí, pero de algún modo supo dónde tenía que dirigirse. Al final del pasillo había una impresionante puerta de madera maciza. A su izquierda, la secretaria del director general la miró sorprendida. ¿Qué hacía ella allí? Rosa le sonrió y sin darle tiempo a reaccionar llamó a la puerta y entró.

La charla con el jefe máximo fue breve. Dijo lo que tenía que decir y se fue. Había tomado el camino a priori más difícil, todos pensarían que había cavado su propia tumba, que no habría futuro para ella. Y quizá era así, posiblemente se había arriesgado demasiado y había perdido. Sin embargo, al salir de nuevo a la calle todo parecía más bonito a su alrededor. El aire era más respirable y olía a jaras y a lilas. Incluso era probable que se estuviera acercando ya, antes de tiempo, la primavera.

Foto: Amy Treasure


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2 ComentariosEnviado por: Sandra Sánchez

28 enero 2020

El vuelo de Sara

La noche de la tormenta perfecta Sara subió al avión esperando nada. Todo lo que tenía, que no era gran cosa, al menos en su opinión, lo dejaba atrás sin sentimiento alguno. Ni de culpa, ni de desilusión o tristeza… Nada, no sentía nada.

El asiento que le había asignado la compañía era el 12 A. Detestaba ir en ventanilla, se sentía atrapada allí, con algún desconocido pegado a ella. Confió en que no se sentara nadie en el 12 B, pero nunca había sido muy buena en eso de confiar.

Una mujer de unos 80 años contando por lo bajo, acomodó sus posaderas mientras murmuraba lo vieja que estaba y acto seguido miró a Sara y le sonrió. Ella devolvió la sonrisa a medias y volvió la mirada hacia la ventanilla, mientras el avión se ponía en marcha y maniobraba por la pista.

El despegue fue movido, como era de esperar con la que estaba cayendo. En aquel momento, justo cuando las ruedas traseras se elevaron y dejaron atrás la tierra firme, Sara pensó qué demonios estaba haciendo allí y sobre todo si no habría sido más seguro que se hubieran cancelado todos los vuelos, especialmente el suyo.

La señora de al lado rezaba en susurros mientras el avión zozobraba en el aire y a Sara le apeteció tomar algo fuerte. Un whisky, quizá. Le sorprendió este pensamiento, ya que era abstemia. En todo caso, daba igual, el auxiliar de vuelo acababa de anunciar por megafonía que atravesaban una zona de fuertes turbulencias y que debían permanecer todos en sus asientos con el cinturón de seguridad abrochado. No iba a tomarse ese whisky, al menos no por ahora.

Los rezos de la vecina de asiento no parecían dar sus frutos, aquello se movía cada vez con más violencia y algunos pasajeros rompían el silencio tenso vomitando. Sara trató de no pensar en nada, mejor dicho, intentó trasladarse mentalmente a un momento relajado y feliz. Eso es lo que aconsejan los terapeutas en situaciones así, ¿no? Pues eso hizo, visualizarse en aquella montaña fabulosa, después de una mañana entera de escalada. Llegar a la cima fue duro y espectacular a la vez. Su cuerpo y su mente se sintieron libres como nunca. Y no la alcanzó sola, sino con él, lo que convertía la experiencia en insuperable.

Juntos todo era mejor. El poder de su compañía hacía que la felicidad de los buenos momentos se multipicara exponencialmente. Momentos malos no había, no hacían ni amago de aparecer en el horizonte, una fuerza invisible los vetaba, como si se encontraran en una burbuja de paz, protegidos frente a cualquier amenaza.

Sara tenía los ojos cerrados y sonreía mientras el resto del pasaje había perdido ya los nervios por completo. El avión se encontraba en caída libre y la señora que rezaba se agarró a su brazo con fuerza, desesperada. Pero ella no se enteró de nada.

Foto: Yoann Boyer


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2 ComentariosEnviado por: Sandra Sánchez

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