Twist and shot

26 septiembre 2016

La llamada

brooke-cagle

 

Listen while you look…

D√≠as en los que el despertador suena por sorpresa antes de tiempo y trastoca tu sue√Īo. A ti, que siempre te despiertas antes de que se desate su “tono marimba” por instinto, quiz√° como una autodefensa interna para no escucharlo, porque es terrible.

D√≠as en los que el tr√°fico ruge m√°s de lo habitual, lunes muy lunes. En tu coche no piensas en nada, porque tienes la mente en blanco y cualquier intento de reflexi√≥n supondr√≠a un esfuerzo que no est√°s dispuesta a asumir. En un par de ocasiones dos golpes de claxon te sacan de tu ensimismamiento, porque el sem√°foro se ha puesto en verde y t√ļ no te decides a arrancar, no reaccionas.

Llegas a tu oficina. Ser√≠a genial que estuviera cerca de tu casa, pero est√° en la otra punta de la ciudad, incluso fuera de ella, m√°s all√° del extrarradio. Quisieras usar el transporte p√ļblico para llegar all√≠ cada ma√Īana, pero la comunicaci√≥n es p√©sima, por lo que no hay mucha m√°s opci√≥n que coger el coche. Y t√ļ y tu marcada conciencia medioambiental ten√©is que tragar con ello y tragar tambi√©n con los juicios (juzgar, esa pasi√≥n tan viva en el siglo XXI) de la gente que sin conocer tus circunstancias te critica por hacerlo, por contribuir a contaminar Madrid. Qu√© m√°s quisieras t√ļ que no hacerlo. En fin.

A lo largo del día la cosa no mejora. Reuniones que no te interesan nada, llamadas que preferirías no atender, mensajes cuyo contenido conoces antes de leer. A la hora de comer sales a despejarte un poco. Has traído un sándwich preparado de casa para tomarlo a toda prisa frente a la pantalla del ordenador, pero decides que mejor te lo zampas en la calle. Compras en una máquina expendedora un zumo de frutas que lo que menos contiene es fruta y sales caminando deprisa hacia un parque que suele estar vacío a estas horas.

Al primer bocado el m√≥vil, ese ap√©ndice electr√≥nico del que no puedes desprenderte, vibra. Por un segundo piensas en no contestar, es tu hora de descanso, pero algo te dice que le prestes atenci√≥n. Lo haces. Al otro lado se encuentra un viejo amigo que hace a√Īos abandon√≥ la ciudad en busca de atm√≥sferas m√°s acogedoras. Hac√≠a mucho tiempo que no ten√≠as noticias suyas, si bien has pensado en √©l m√°s a menudo de lo que se considerar√≠a normal, ahora te das cuenta.

Te habla de su vida. No es un jard√≠n de rosas, pero respira tranquilo y es un hombre moderadamente feliz. Te cuenta que los p√°jaros se encargan de despertarle cada ma√Īana, que sabe a qu√© hora del d√≠a llover√° s√≥lo con abrir la ventana y mirar el cielo, que cuando pasea por el campo o por la playa pierde la noci√≥n del tiempo, no existen m√°s relojes que los de la naturaleza.

Tambi√©n te pregunta por ti. Entonces miras tu triste s√°ndwich y tu zumo sint√©tico y realmente no sabes que contarle. De hecho, no sabes ni qu√© contarte a ti misma. Tu historia es la misma que la de ayer, la de la semana pasada, la de hace cinco a√Īos.

Te invita a visitarle, le da la sensaci√≥n de que necesitas salir un poco del bullicio de Madrid, de una vida que te devora poco a poco sin que apenas te des cuenta. Cuando lo haces, cuando te das cuenta, siempre tienes la opci√≥n de cambiar las cosas. Eso es lo que ella va a hacer, acaba de decidirlo. El pr√≥ximo fin de semana. No, ma√Īana mismo, dejar√° atr√°s la carretera que lleva a su oficina y pondr√° rumbo a la autopista. Hace mucho tiempo que no pasea por el campo ni frente al mar, demasiado tiempo sin separarse del m√≥vil y sin quitarse el reloj. Ma√Īana dar√° una vuelta de tuerca a su vida. Y que la juzguen.

 

Foto y ©: Brooke Cagle


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5 septiembre 2016

La magia

Adiós al verano

Listen while you look…

La inspiraci√≥n est√° por todas partes, s√≥lo hay que estar alerta para poder captarla. Un d√≠a cualquiera, un lunes como hoy, por ejemplo, del que no esperas gran cosa, puede ser de lo m√°s m√°gico prestando s√≥lo un poco de atenci√≥n. ¬ŅA qu√©? A todo. La clave est√° en tener los sentidos a flor de piel; mi favorito es el tacto, pero cualquier otro puede ofrecerte lo inesperado.

Por ejemplo, para el reloj un segundo ahora mismo. S√≠, ¬°ahora! Quiz√° vayas conduciendo de vuelta a casa tras un d√≠a de trabajo terrible y empiece a sonar en la radio del coche una canci√≥n maravillosa que llevabas a√Īos sin escuchar. ¬°Qu√© bueno! Baja la ventanilla y descubre que el calor te est√° dando una tregua y corre una suave brisa que acompa√Īa a la perfecci√≥n a la m√ļsica. Ah√≠ lo tienes, magia en un d√≠a normal y corriente.

Cinta cree en la magia. No tiene motivos especiales para hacerlo, pero cree en ella. Es como quien nunca ha tenido suerte en el amor pero sigue creyendo en él. Paradójico, pero muy comprensible y optimista.

A Cinta le gusta leer biograf√≠as de escritores y de estrellas del rock. De los primeros ha descubierto que los autores dejan mucho de s√≠ mismos en los libros que escriben; m√°s a√ļn, que los libros que escriben es el fiel reflejo de su persona, de lo que pasa por su cabeza, de sus preocupaciones y sus anhelos. No hay nada m√°s autobiogr√°fico que un libro de ficci√≥n.

De los segundos ha aprendido que han llegado tan alto por anteponer la libertad a todo lo dem√°s. Salirse de lo establecido, tener la mente siempre abierta, vivir sin planes de futuro, dar la bienvenida a nuevas ideas. Suena bonito y lo es cuando lo miras con perspectiva y ves todo lo vivido, ese aprovechamiento total del tiempo que se nos da. Tambi√©n supone dejar cosas fuera en el camino, renunciar a comodidades, a la aceptaci√≥n de los que te rodean, decir muchas veces adi√≥s… Cosas que en todo caso pesan menos de lo habitual, porque la libertad de la que hablabamos puede con ellas, puede incluso con la felicidad. Est√° por encima de todo. Y de esa libertad llega la creaci√≥n y la plenitud.

Cinta es una chica corriente, al menos eso cree ella. Ha pasado el mes de agosto trabajando en una oficina de un pol√≠gono empresarial pasando del calor insoportable de la calle al fr√≠o helador del aire acondicionado del interior (¬Ņqui√©n maneja el termostato, alg√ļn s√°dico?) mientras la mayor√≠a de los compa√Īeros estaban de vacaciones, los tel√©fonos se quedaban mudos y las bandeja de entrada de los correos vac√≠as.

No hace planes, vive el día a día. Esta noche va a un concierto de una de esas estrellas americanas del rock que hacen gira europea en verano. Ella tiene su entrada desde hace un par de meses, ahí rompió su regla de no hacer planes.

El d√≠a ha llegado y Cinta no ha amanecido de muy buen humor. Est√° un poco desencantada, confiaba en que si se dejaba llevar, como hac√≠an los cantantes de los libros cuyas biograf√≠as le√≠a, algo bueno llegar√≠a este verano. Pero ha empezado septiembre y nada de eso ha ocurrido. Aun as√≠, escoge una de sus camisetas preferidas, recoge su larga melena rubia y se dirige al lugar del concierto a la ca√≠da del sol. La estrella sale al mismo tiempo que el sol se oculta, como era de esperar. Y Cinta pone sus cinco sentidos en la m√ļsica que suena. Deja que la inunde, que se apodere de ella. Cuando siente incluso ganas de gritar, de la emoci√≥n que le produce el sonido perfecto de las guitarras, mira a su derecha. Ve a un chico goz√°ndolo tanto como ella. Acerca sus labios al o√≠do de Cinta y le dice, “hey, ¬Ņte has dado cuenta de que hasta la brisa acompa√Īa a la m√ļsica?”.

Foto y ©: Maxime Bhm.


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25 agosto 2016

Cerrar los bares

John-Towner

Listen while you look…

Noches infinitas, ventanas abiertas, s√°banas a las que las arrugas les sientan bien. Martina no piensa nunca en qu√© puede pasar, no tiene tiempo ni ganas. Su edad, as√≠ como sus experiencias le dan bula para vivir √ļnica e intensamente el presente; el pasado queda muy atr√°s y aunque no le gusta recordarlo sabe que no quiere repetirlo. En cuanto al futuro, no es de nadie, eso tambi√©n lo sabe.

Lo √ļnico que tiene es el aqu√≠ y el ahora. Y por eso dijo s√≠ a una noche que se presentaba √ļnica y muy loca. Todo estaba a favor: el calor del verano, que a esas horas era acogedor, pero no agobiante; las calles casi vac√≠as de la gran ciudad, el suelo empedrado que invitaba a quitarse las sandalias y a llevarlas en la mano… Y esa moneda brillante que las dos √ļnicas personas que caminaban a esas horas por la avenida vieron e intentaron coger al mismo tiempo. Ninguno de los dos tuvo suerte, sus cabezas chocaron muy levemente al tratar de agarrarla y la moneda termin√≥ cayendo por la alcantarilla sobre la que a duras penas se hab√≠a mantenido en equilibrio hasta ese momento.

Bueno, no es justo decir que no tuvieron suerte, porque se encontraron. Esa moneda plateada fue la mejor de las excusas para echarse unas risas y para seguir caminando, ahora ya acompa√Īados.

Nadie hab√≠a previsto nada, ella volv√≠a de una cena en la que hab√≠a puesto bastantes expectativas que no se hab√≠an cumplido, ten√≠a el √°nimo un poco desinflado, pero s√≥lo un poco. √Čl trabajaba en agosto y hab√≠a salido tarde de la oficina, ese d√≠a hab√≠a tenido una videoconferencia con el otro lado del oc√©ano y hubo que esperar a que all√≠ fuera una hora decente, aun a costa de que aqu√≠ ya no lo fuera.

La moneda los conectó antes de morir en aquella alcantarilla, fue una moneda de la suerte, no hizo falta fuente a la que tirarla, ella solita hizo su labor y luego desapareció sin hacer ruido.

Ninguno de los dos se acordaba ya de la moneda, as√≠ de desagradecidos somos, cuando llegaron al piso de Martina, una buhardilla que estaba muy cerca de all√≠. Antes hab√≠an cerrado el √ļltimo bar del barrio. Antonio les hab√≠a dejado entrar a tomarse unos vinos mientras √©l terminaba de recoger; es lo bueno de seguir viviendo en la misma zona de siempre.

No vamos a dar detalles de c√≥mo fueron las cosas entre ellos, s√≥lo diremos que certificaron que las mejores noches son las que no se planean. Las risas s√≥lo pararon de o√≠rse cuando cayeron dormidos como troncos. Ni los fuegos artificiales propios de las noches de verano habr√≠an logrado despertarlos de aquel sue√Īo tan profundo. De hecho ella no lo hizo, despertarse, hasta el amanecer, cuando la brisa fresca que entraba por la ventana, abierta de par en par, le indic√≥ que era hora de echarse una s√°bana por encima. O hasta una colcha.

Antes de abrir los ojos palpó el lado izquierdo de la cama esperando encontrarle. Al no hacerlo abrió los ojos, que le confirmaron que, efectivamente, no estaba allí.

Se tapó hasta el cuello, después escondió su cabeza bajo la almohada y pensó una vez más que sólo tenemos el presente y que el suyo ahora era de nuevo la soledad. Lo de hace apenas unos minutos, unas horas, pertenecía ya al pasado y por lo tanto no existía. El futuro seguía estando en blanco. Justo entonces sonó el timbre de la puerta y salió corriendo a abrir.

Foto y ©: John Towner


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6 ComentariosEnviado por: sandrawriting

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