Twist and shot

11 diciembre 2017

Los lugares rotos

Esta es una entrada cien por cien especial, porque hoy es un día cien por cien especial. Se publica Los lugares rotos, mi primera novela, mi segundo libro, después del de relatos que titulé Preferiblemente vivas y que nació en gran medida a raíz de este blog, hace ya año y medio. Por eso quiero compartir aquí mi alegría por la llegada al mundo de esta nueva obrita, en la que me he dejado alma corazón y vida, como dice el bolero.

La escribí durante toda la primavera y todo el verano de este 2017 que ya vamos despidiendo y está llena de recuerdos de esos meses. Al releerla ahora (en pdf, aún no tengo el libro en mis manos, espero poder acariciarlo hoy) pienso “este capítulo lo escribí el día que pasó tal cosa” o este otro “cuando tuve esa conversación con esta persona” o el siguiente “cuando tenía de fondo aquella canción que ponía a todas horas”.

Los libros tienen un componente mágico, un algo insondable que los sobrevuela; puede ser las sensaciones o los sentimientos que el autor deja en ellos. Aquellos que empiezan siendo suyos y al entregarlos al libro y sobre todo cuando este se publica, como sucede hoy, pertenecen ya al lector.

Cuando mis amigos y mi familia me preguntan “de qué va” Los lugares rotos contesto que va de un montón de cosas. Porque realmente es así. Va de una huida hacia adelante, de lo inesperado, del azar de la vida, de lo mucho que nos desconocemos unos a otros… Y de un viaje, un viaje lejano y fantástico en el que la protagonista se encuentra con un personaje al que ha adorado durante toda su vida y al que todos conocemos.

Pero no cuento más. Solo que si os apetece acercaros a la novela os lo agradezco infinito y deseo de corazón que os guste. Escribirla a mí me ha dado alas para sentirme un poquito más libre. Podéis encontrarla desde ya en Monorraíl Ediciones y en librerías escogidas.

Un millón de gracias por estar siempre ahí, por vuestro apoyo y vuestro cariño que me llega en vuelo directo y me anima a seguir con esto que tanto me gusta, escribir historias.

P.D. La presentación de Los lugares rotos tendrá lugar el día 20 a las 20.30 h. en la librería Nakama (C/ Pelayo, 22. Madrid). ¡Apuntadlo en vuestras agendas, estáis invitados!


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4 ComentariosEnviado por: Sandra Sánchez

2 diciembre 2017

Luminiscencia

Ayer fue el Día Mundial de la lucha contra el sida y tuve el honor de participar en un concierto/recital en la preciosa librería madrileña Nakama. Lo recaudado con la entrada irá a parar íntegramente a la ONG ImaginaMas, que hace un gran trabajo de información y apoyo sobre temas relacionados con la salud sexual. Mi pequeña colaboración consistió en leer un relato de ficción que escribí con mucho amor para la ocasión, aquí lo tenéis, un poquito más largo de lo habitual. Espero que os guste.

Luminiscencia: propiedad que tienen algunos cuerpos de emitir luz sin elevar su temperatura. Siempre me gustó la palabra. Por su sonoridad, por su fluidez, por tener 13 letras, qué sé yo, el caso es que es una de esas palabras que resultan especiales sin ningún motivo aparente, pero que cuando las escuchas las sientes como propias y te confortan. 

Unos años atrás viajé a Puerto Rico. Era mi luna de miel y volé hasta el paraíso, literalmente. Allí las playas apenas tienen olas, su agua cálida es no ya cristalina, sino transparente; vas viéndote los pies a medida que te adentras en el mar y puedes observar cómo decenas de peces pequeñitos juegan con ellos y te hacen cosquillas. Las horas pasaban lentas aquellos días, al igual que es la vida en la isla, pausada, como si no hubiera nada urgente que hacer.

De hecho, para mí no lo había, más allá de la urgencia del amor que se presentaba a cada rato. Una vez satisfecha y a la espera de que volviera a surgir, paseaba con mi flamante marido por la playa, conducíamos hasta San Juan para caminar por sus preciosas calles coloniales, cenábamos arroz con gandules, un plato típico que me encantaba pedir, simplemente por darme el placer de pronunciar su nombre tan simpático. Y bebíamos piña colada sin límite y bailábamos hasta que la urgencia del amor de la que hablaba antes nos llevaba de vuelta a nuestro hotel. 

Una noche mi marido quiso darme una sorpresa. Contrató una excursión insólita. Todo lo que yo sabía era que tenía que presentarme a las 22 horas en ropa de baño y con una chaqueta en el muelle por el que habíamos paseado el día anterior. Así lo hice. Allí me esperaba él junto a un hombre enorme y atlético, que resultó ser el monitor que nos llevaría a un lugar fascinante.

Mi marido (qué raro se me hacía todavía llamarle así) y yo subimos a un kayak y el monitor a otro. Y empezamos a remar tras él. Nos adentramos en unos manglares tenebrosos, la oscuridad era total. El silencio de la noche era roto constantemente por sonidos de animales exóticos, del todo desconocidos para mí.

Preferí no pensar que me daban miedo, aunque me lo daban, y dejé que ese pensamiento pasara por mi cabeza como una nube, hasta desaparecer. Me concentré en el ruido de los remos contra el agua tranquila, ese sí era un sonido perfecto, relajante incluso. Y así seguí, remando lentamente, hasta que llegamos a una laguna redonda. Al adentrarnos en ella el monitor, Claudio, se llamaba, levantó sus remos y nos pidió mediante gestos que hiciéramos lo mismo. A continuación me dijo, susurrando: “quítate la ropa y salta al agua”. Yo creí no haber entendido bien. Pero él me lo confirmó asintiendo. Miré a mi marido, que mostraba una sonrisa enorme y confiada y no me lo pensé más. Bajé la cremallera de mi chaqueta en plan ceremonioso, me quité también las zapatillas, que a estas alturas estaban caladas, y salté. Entonces ocurrió un milagro. Todo a mi alrededor se llenó de luz. Yo grité de sorpresa y de alegría, no me pude contener.

Estábamos en una laguna bioluminiscente, lo supe al momento. Miles, no, qué va, millones de microorganismos se iluminaron con el movimiento que causé al sumergirme en el agua. Nadé, chapoteé entre risas, buceé y volví a subir a la superficie mientras la laguna entera brillaba con un color imposible, eléctrico. Busqué la cara de mi marido, vi que él era feliz con mi felicidad y supe que nunca podría olvidar aquel momento. Esa noche concebimos a nuestro hijo. 

A la vuelta del viaje, en Madrid, sentía aún el halo luminiscente conmigo, una energía preciosa que se gestaba dentro de mí y que me hacía sentir plena, como nunca lo había sido. Unos días después fui a hacerme los primeros análisis del embarazo. El bebé estaba perfecto, todo iba bien con él, pero había que repetirlos. La cara de mi doctora me desconcertaba, no era capaz de interpretar qué había tras ella, qué escondía, pero una alarma se encendió en mi cerebro y en mi corazón. Y la bomba explotó cuando me dijo que el VIH había salido positivo. Repetimos los análisis, aunque yo sabía que el resultado sería el mismo, que no había vuelta atrás. Recordé a aquel chico con quien pasé un par de noches unos meses antes de casarme. Fue una especie de despedida de mi vida pasada antes de dar la bienvenida a la futura. Con aquella aventura yo quería decir adiós a mi libertad y lo que hice fue perderla. Al menos fue lo que pensé cuando me dieron aquellos resultados. 

Las cosas a partir de ahí sucedieron muy deprisa. Mi marido de revista desapareció del mapa, se hizo humo. Después de pasar un miedo atroz hasta que le confirmaron que él no tenía el virus se fue de mi vida como si tal cosa, como si no me hubiera querido nunca, como si nuestro amor hubiera sido un sueño y acabara de despertarme. Aquellos primeros meses yo seguí viviendo por inercia, pero poco a poco, muy lentamente, todo se fue poniendo en su lugar. Mi hijo vino al mundo por cesárea sano y divino, con los ojos abiertos y sin necesidad de llorar. Y llenó mi vida de luz. 

Han pasado diez años desde entonces. Mi tratamiento funciona y ya ni siquiera tengo bajones emocionales, hace tiempo que dejé de sobrevivir para empezar a vivir de nuevo. No hago planes más allá de una semana; pero no por nada, sino porque quién sabe qué puede pasar mañana, las cosas cambian de un momento a otro y la verdad es que me gusta que sea así, me parece perfecto. Digo no a la rutina, me niego a caer en ella.  

Hoy es el cumpleaños de mi hijo. Una década juntos, la más intensa de mi vida. No por el virus, por él. Hemos salido a celebrarlo, hemos dejado atrás la nube tóxica que es Madrid y nos hemos escapado a la sierra, ha sido un día magnífico. Dejamos el coche a media mañana a la entrada de un camping cercano a El Escorial y comenzamos a caminar entre los árboles, robles, cedros, algún castaño, sin rumbo fijo. Llegamos a un merendero, donde abrimos nuestras mochilas y nos dimos un buen homenaje, hasta un pastel llevábamos para que el niño soplara sus diez velas. Aplaudimos los dos como locos, nos abrazamos, nos besamos, recogimos y emprendimos la marcha.

Avistamos pájaros, a él le encantan las aves y se las conoce todas. Y las horas, como ellas, volaron. Al atardecer encontramos una terraza en lo alto de una colina, un bar pequeñito, muy pobre, en el que ni agua tienen, porque no llega hasta allí, sólo han podido ofrecernos refrescos y café de puchero. Él se ha pedido un zumo y yo un café. Y aquí estamos. Felices.

Acaba de anochecer y aún no han encendido las luces de la terraza. Sin embargo, algo llama mi atención. Levanto la vista y no puedo reprimir un grito, como me pasó diez años atrás. Sobre mi cabeza y sobre la de mi hijo veo brillar a las luciérnagas. Su luz mágica me inunda. Y me siento en casa, a salvo.


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1 comentarioEnviado por: Sandra Sánchez

14 noviembre 2017

El (des)encuentro

A veces tienes un montón de ases en la manga, pero no sabes a qué juegas. La frase no es mía (ojalá), es de Joan Didion. Y desde que la leí hace un par de días me tiene dándole vueltas a varios temas: ser consciente de tus oportunidades, estar en el sitio justo en el momento adecuado, conocerte a ti misma, tener claras tus opciones, estar atenta a todo…

En esto pensaba ayer cuando recordé una historia. Bueno, no es cierto, no la recordé, me la inventé en ese momento. Era la historia de una chica adicta a la lectura y, por extensión, a las librerías, esos templos llenos de magia en los que es imposible aburrirse y donde la percepción del tiempo cambia por completo y se vuelve irreal. Esa chica visitaba aquella librería casi a diario. No tenía mucho dinero, había perdido su trabajo hacía unos meses y no encontraba otro de su rama, por lo que tiraba de su colchón de pequeños ahorros y de momento se negaba a buscar empleos que no tuvieran que ver con su vocación. No sabía exactamente cuánto tiempo más podría estar así y como le daba miedo que no fuera mucho trataba de no pensarlo.

Entre los libros se imaginaba en otros mundos, protagonizando otras vidas, tan distintas a la suya; no siempre más felices, a veces desoladoras, pero siempre apasionadas. Le resultaba imposible no sumergirse en ellas, bucear en las almas de los personajes hasta sentirse uno de ellos y verse a sí misma paseando por sus ciudades, vistiendo sus ropas, respirando el aire del mar o el de la montaña, en la época actual o en otras que dejamos atrás hace siglos.

Una de esas tardes ojeaba una novela sobre una historia de amor en Tokio. A ella siempre le ha fascinado Japón, por lo que en cuanto vio entre las novedades de la semana la portada blanca con una pagoda grabada la abrió a ver de qué trataba.

Tanto le interesó lo que leía, en ese momento y cada tarde, desde que visitaba la librería, que no se percató de que no era la única cliente asidua. También entraba a diario en ella un fotógrafo. Uno de estos modernísimos, que hacen fotografía profesional con el móvil y que tienen un éxito descontrolado, total.

Al fotógrafo la vida le sonreía, como si quisiera posar para él, y sin embargo él sentía que algo se le resistía, notaba una ausencia. La librería le interesaba más que por sus libros (la sección de fotografía se la tenía ya de sobra trillada) por su arquitectura. El lugar había sido anteriormente un palacete y conservaba un encanto indiscutible. Tenía techumbres de madera, alguna bóveda artesonada, puertas antiquísimas que eran obras de arte en sí mismas… Y él se dedicaba a fotografiar cada detalle olvidándose, como le ocurría a la lectora, del tiempo.

A lo largo de varias semanas ambos coincidieron en el mismo lugar a la misma hora durante bastante rato. Los dos sentían un cierto vacío, pequeño, apenas perceptible, en su interior. Y sin embargo nunca se vieron, por lo que no pudieron llenarlo. El librero, un tipo encantador, entrado en años y que ya había visto de todo entre las paredes de su negocio, fue el único que se dio cuenta de lo que allí estaba pasando. La lectora sin trabajo y el fotógrafo de éxito tenían todos los ases en sus respectivas mangas. Pero no sabían a qué estaban jugando. Y apoyado en su viejo mostrador decidió que él no era quién para intervenir y decírselo. Por lo que así siguieron, sin cruzar una sola mirada, un día tras otro, hasta que uno de los dos se cansó de ir a la librería y el destino decidió dar su oportunidad perdida a otros.

Foto y ©: P.J. Accetture

Listen while you look…


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2 ComentariosEnviado por: Sandra Sánchez

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