Twist and shot

26 febrero 2021

La mujer sin rostro

Caminar es una de las mejores maneras que existen de pasar el tiempo. Sobre todo porque de paso activas tu corazón y te pones en forma. Por eso a Alma le gustaba dedicar al menos una hora al día a hacerlo, si podía, más. Se calzaba sus deportivas, las más cochambrosas y cómodas que tenía, llevarlas era mejor que ir descalza. Y echaba a andar sin rumbo fijo desde su casa. A veces, cuando se aburría de ver siempre los mismos paisajes, cogía el coche y se alejaba un poco de su zona. Aparcaba a las afueras de cualquier barrio que no fuera el suyo y lo mismo, caminar sin destino concreto. Llevaba una vida solitaria, sin duda.

La vida cambia mucho de un barrio a otro. Así, Alma descubrió por ejemplo, cómo en algunos la gente era mucho más respetuosa con las medidas de seguridad frente al covid que en otras. Y se preguntó si el hecho de ver a la gente más “relajada” haría que ella también fuera por la vida así. Decidió que en su caso no, pero que entendía que otras personas variaran su comportamiento por eso.

Al principio le había costado mucho llevar la mascarilla a todas partes. Le agobiaba, no podía respirar bien, le molestaba y era consciente todo el tiempo de que la llevaba puesta. No veía el momento de llegar a casa para quitársela. Sin embargo, con el tiempo, poco a poco se había ido acostumbrando a ella y desde hace meses nunca se le olvida al salir. Es como coger las llaves, un acto ya prácticamente instintivo.

En uno de los paseos, se cruzó con un hombre. También llevaba mascarilla, pero supo que lo conocía. O más bien, que en algún momento le había conocido. Sin pensarlo ni un segundo, lo siguió.
Era mucho más alto que ella y caminaba a mucha más velocidad, a ella las piernas no le daban tanto de sí, por lo que al doblar una esquina lo perdió. Seguramente él había entrado en algún portal, pero no quedaba ni rastro de él.

Desde ese día, decidió buscarlo. Así, sus paseos dejaron de ser erráticos para llevar un plan preconcebido. Encontrar a aquel hombre enmascarado. Recorrió todas y cada una de las calles de aquel barrio durante semanas sin dar con él. Sabía que si lo veía en cualquier lugar lo reconocería al instante, pero no se cruzó con nadie ni parecido.

Optó por abrir el abanico de búsqueda y entrar en bares, tiendas y restaurantes de la zona. No tuvo mejor suerte. Aun así, no cejó en su empeño por encontrarlo. Un viernes a mediodía, cuando ya entraba en su coche con la intención de volver a casa, lo vio de espaldas. Esta vez fue más avispada y lo siguió con el coche. Anduvo hasta un portal, llamó a algún piso y esperó. Ella, agazapada en su asiento, se quedó atónita cuando vio cómo una mujer abría la puerta del portal y se bajaba la mascarilla para saludarlo con un beso. Fue como verse reflejada en un espejo. El rostro de aquella mujer era el suyo propio. Y la pareja se dirigió, ajena a todo, hasta su coche.

Foto: Ayo Ogunseinde


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18 febrero 2021

Las barcas de El Retiro

Decía el escritor belga Paul Carvel que quien mira fijamente al mar, ya está navegando un poco. Ese pensamiento tan bonito pasó por la cabeza de Ada aquella mañana en la que el sol se batía a duelo con las nubes al estilo del viejo oeste: solo puede quedar uno. Mientras contemplaba el cielo sin saber aún quién ganaría, Ada recibió una llamada.

El sonido del móvil la sobresaltó. Era extraño recibir llamadas hoy en día, estaba más acostumbrada al tono del whatsapp o del mail. Se asomó a la pantalla y vio que el número era desconocido, por lo que decidió no contestar. Pero al otro lado de la línea eran insistentes, así que a la tercera descolgó.

La persona que le habló se presentó como Pedro Crespo y le comentaba que acababa de abrir un centro de estética en el barrio y estaba invitando a los vecinos a pasarse a conocerlo. Ada se enfadó muchísimo ante tal intromisión para un asunto de mera publicidad y, tras decir que no el interesaba, se despidió y colgó.

El resto del día discurrió aparentemente dentro de la normalidad, pero en la cabeza de Ada algo bullía y no acertaba a saber qué. De pronto, cuando a media tarde esperaba el autobús para volver a casa, supo qué ocurría. Pedro Crespo, claro. No era un nombre cualquiera, una vez conoció a alguien que se llamaba así. Ambos eran jovencísimos y eso hizo que ninguno se atreviera a dar el paso que los dos hubieran querido dar. Por eso pasaron un par de años mirándose sin animarse si quiera a presentarse oficialmente, no digamos a ir más allá.

Sus amigos pertenecían a grupos diferentes, pero aun así, coincidían bastante entonces. Los fines de semana iban al parque de El Retiro y si hacía buen tiempo a veces montaban en las barcas y pasaban navegando en el estanque mañanas que ahora le parecían eternas y entonces volaban como un suspiro.

Ada y Pedro una vez estuvieron a punto de chocar con sus barcas. Él se asustó muchísimo cuando se dio cuenta y ella no pudo ocultar la risa nerviosa. Ese día fue el que estuvieron más cerca de rozarse.

Ahora, años después, ¿sería aquel Pedro Crespo el que había abierto aquel centro de belleza al lado de su casa? Estaría el destino queriendo decirle algo? Y si fuera así, ¿tendría que escucharlo?

Ada se bajó del bus y tuvo la tentación de dar una vuelta por ahí antes de subir a casa para localizar el lugar y ver desde el escaparate si se trataba de él y, en caso afirmativo, comprobar qué aspecto tendría ahora. Se lo imaginaba igualmente guapo, como entonces, quizá con el cabello canoso o con barba tupida… Vete tú a saber.

No llegó a averiguarlo. En vez de hacerlo, optó por acercarse a El Retiro caminando a ritmo pausado, sentarse en una terraza y ver pasar las barcas por el estanque.

Foto: Joshua Rawson Harris


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9 febrero 2021

The dreamer

Cuando posó la mano sobre su rostro, él pudo relajarse y descansar. La sonrisa de ella aliviaba todos los pesares, los miedos y los dolores. Aquella expresión, de puro amor, era mucho más que una medicina. Era un milagro.

Él durmió tranquilo toda la noche. Y soñó, soñó muchísimo. Con aves diurnas que cruzaban los cielos en las alturas y apenas podían ser vistas desde el suelo. Esas aves se sentían libres volando al mediodía, eligiendo su destino, dejándose llevar por el viento o poniendo rumbo al sur, en busca de un clima más benévolo y acogedor.

También soñó con un bosque de eucaliptos, cuyos troncos eran tan altos que tenías que torcer el cuello hasta lo imposible para tratar de ver sus copas. Tenían ramas compactas, llenas de hojas de un verde profundo, el verde más verde que pueda existir. El aroma era algo espectacular, lo invadía todo y él sentía que le gustaba respirar, era consciente de que lo hacía y se recreaba en ello, dejando entrar aquel olor, aquel aire limpio, hasta lo más hondo de sus pulmones.

Casi al despertar, justo antes del amanecer, tuvo un último sueño. En él, ella se acercaba a él y lo abrazada, en un gesto cálido que lo reconfortaba y del que no quería alejarse, que quería conservar todo el tiempo que fuera posible y más. Su aliento se aproximaba al suyo, sus corazones latían al unísono, se compenetraban el uno con el otro, como si los latidos fueran solo uno, tal como lo fueron al principio.

Perdido en esa sensación, en el confort de ese pulso común, el sueño se fue desvaneciendo poco a poco, hasta desaparecer. Cuando abrió los ojos, quedaba el recuerdo y la paz. Se levantó despacio y fue a buscarla, para agradecerle todo lo que, sin saberlo, le había hecho sentir.

Foto: Kinga Cichewicz


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1 comentarioEnviado por: Sandra Sánchez

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